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Cuerda de las Cabrillas

La Cuerda o Cresta de las Cabrillas es uno de los ramales montañosos que parten del Puerto de Navacerrada, en esta ocasión hacia el sur. Esta sucesión de cimas alineadas a modo de pequeña sierra separa el valle de La Barranca del valle de Navalmedio, por cuya ladera sur discurre la carretera que lleva hasta el puerto.

El recorrido integral de todo el cordal, que a pesar de sus domésticas distancias y las facilidades de su acceso, reúne numerosos atractivos, muchos de los cuales son patrimonio de la alta montaña, no debe tomarse a la ligera. Entre otras cosas porque atravesar todas sus cumbres, exige realizar varias trepadas e incluso sencillos pasos de escalada. Además, al ser una cresta, algunos pasos pueden resultar especialmente delicados en días de viento, o en invierno con nieve y/o acumulación de hielo entre las rocas; recomendándose en tales jornadas evitar el paso por el roquedo y recorrer el protegido Camino de la Tubería.

Los puntos más prominentes del recorrido son:

  • Peña Pintada: 1.858 m.
  • Peña Horcón: 1.879 m.
  • Risco de los Emburriaderos: 1.959 m.

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Localización: El Ventorrillo

Tipo de Ruta: Montañismo

Longitud: 12 kilómetros (aproximadamente)

Duración: 4 a 5 horas

Época recomendada: Todo el año

Dificultad MIDE:

Equipación mínima: Bastón, mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Cresta de las Cabrillas

Recomendaciones:

  • Hay agua potable en un punto del recorrido, incluido en la ruta GPS. Pero además de ser muy al comienzo, luego ya no encontraremos más así que es recomendable llevar agua en la mochila.
  • No son necesarios conocimientos de escalada para recorrer los riscos, pero nunca están de más. Prestad atención a las rocas sueltas que pueden haceros caer o tener accidentes “tontos”…
  • El regreso hasta la pista forestal que desciende al Ventorrillo se hace en parte por el PR-17 y en parte por el Camino de la Tubería pero, si disponemos de dos coches podríamos dejar uno en el puerto de Navacerrada y recogerlo allí al finalizar la travesía para no tener que desandar camino (aunque recomendamos descender por la preciosa vertiente de La Barranca).

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Hay días en que a uno no le merece la pena levantarse de la cama.

Lo malo, es que eso no lo sabe nadie cuando hace el esfuerzo de abandonar la comodidad del colchón y las mantas, desayuna, y se encamina hacia la ruta que tiene planificada para esa jornada. Yo, desde luego, no era consciente…

Hace unas semanas ya intenté subir por toda esta cresta en pleno invierno, con la mala fortuna que el día se fue cerrando hasta dejar la zona cubierta de niebla. Una condición muy poco segura para afrontar esta travesía que, aunque no presenta grandes dificultades técnicas, si que puede complicarse con una meteorología adversa.

Sin embargo, no fue una salida en balde ya que, a parte de darme un paseo por la zona y visitar Peña Entorcal (1.542 m.), pude constatar el recorrido íntegro del atajo que sale casi a pie de carretera y que me hará ganar un precioso tiempo en el tiempo total de la travesía de hoy. Así, tras dejar el coche en el pequeño aparcamiento del Ventorrillo, me pongo a remontar la ladera del monte a través de la pequeña trocha que sale paralela al arroyo que muere junto a la valla.

Al principio supone cierto esfuerzo porque apenas he calentado antes de empezar a subir pero, gracias a los bastones, se hace más llevadero que en la ocasión anterior.

No tardo mucho en dejar de escuchar el tráfico de la M-601 y tras un rato de deambular por entre el pinar alcanzo de nuevo la pista forestal principal.

Desde aquí el camino es más cómodo. Además corre un poco el aire y me refresca el sudor de esta primera subida. Así que me impongo un ritmo de subida rápido pero cómodo y enseguida alcanzo el llamado “Mirador II” de la Sierra de las Cabrillas. Desde aquí se obtienen unas vistas muy chulas de la Sierra del Castillo, la Sierra del Hoyo o del pueblo de Navacerrada con su embalse.

La vez anterior me di la vuelta en este lugar para no meterme más en la niebla. Hoy dejo atrás el área recreativa que está un poquito más arriba del mirador hasta que me topo con unos hitos que se adentran de nuevo en el bosque rumbo hacia arriba.

Normalmente me dejo guiar por mi instinto, y algo me dice que no hace falta que de varias vueltas a la montaña siguiendo la pista forestal si voy por aquí directo a la cumbre.

Así que… de nuevo al bosque.

Durante un buen tramo, el camino no tiene mucha pérdida. Los hitos se localizan bien y la traza se identifica en el suelo.

Sin embargo, tras localizar una fuente que no esperaba encontrar, la cosa cambia. Parece que el camino sigue hacia la derecha; aunque hacia arriba también podría ser factible… aunque de forma más imprecisa.

Opto de nuevo por seguir mi instinto e ignoro el aparente camino de la derecha.

Ya no veo hitos, pero parece haber trazas de animales que, a ratos, me llevan por buen camino. Después de todo, no es una montaña complicada. La dirección a seguir es clara: hacia arriba. Así, poco a poco, voy ascendiendo tranquilamente hasta que localizo algunas señales desperdigadas que me hacen constatar mi buen olfato, al cerciorarme con ellas que por mal camino no voy.

Veo el cielo entre los árboles que hay delante de mi. No encima, sino delante. Así que estoy cerca de mi primera cumbre del día: Peña Pintada.

El espectáculo cuando la alcanzo es alucinante.

Echo en falta la nieve que no ha caído apenas este invierno para que el paisaje sea aún más increíble. Pero la panorámica no deja de ser hermosísima. De las mejores que he tenido el gusto de contemplar en estas serranías. Con el hermoso y poco transitado valle de la Barranca a mi derecha, a los pies de la colosal y dura Maliciosa. El Barranco de los Infiernos, las Guarramillas, Siete Picos

Me encantaría quedarme un rato aquí degustando el panorama, pero hoy tengo el tiempo muy ajustado para poder volver a tiempo a Madrid a recoger a mis hijos del cole. Así que, dejo un momento mi GPS en el suelo para ajustarme unas cosas y enseguida retomo el camino.

Primer error del día…

El recorrido por la cresta es realmente bonito en un día como el de hoy. No hace calor pero tampoco frío. Tampoco sopla un viento incómodo y brilla el sol; e identificar el camino por entre las rocas supone un juego muy entretenido que por un momento te hace olvidar que estás en la Sierra de Guadarrama y te parece estar en otros lugares más alpinos.

Avanzo tranquilamente, dejando en ocasiones a mi lado algunos “patios” que por ahora no impresionan ni suponen un peligro y, en otras, recorriendo la parte superior de la cresta sin necesidad del uso de una cuerda. Realmente no lo veo necesario pero es cierto que, más adelante, y dependiendo de por donde vayas, a alguien poco acostumbrado no le vendría mal este elemento de seguridad junto a un compañero.

Recuerdo haber querido recorrer este cresterío desde uno de mis primeros cursos de alpinismo con la Federación de Montaña, cuando oí hablar de este lugar y del tipo de prácticas que se solían realizar por aquí. Es cierto que algún momento tienes que echar las manos para equilibrarte, más en bajada que en subida donde si sabes leer el terreno no hay muchas dificultades; pero en realidad si has hecho mucha montaña, este recorrido no es muy complicado.

Aunque si, algo cansado. Sube, baja, trepa, destrepa… sube otra vez…

Continúo mi camino hasta un punto en donde los hitos se bifurcan. Unos bajan y otros ascienden de nuevo a la cresta.

Opto por la segunda opción ya que mi intención es, siempre que pueda, continuar el camino por arriba. Así, y tras realizar el único paso de escalada real que tendré que llevar a cabo en toda la ruta, me elevo sobre la parte más alta de toda la cresta (Peña Horcón), propiamente dicha y disfruto del paisaje, con el Puerto de Navacerrada al fin a tiro.

Miro para atrás y veo todo el camino recorrido. Aparentemente no queda mucho, pero con tanta subida y tanta bajada y, a veces, con la pérdida de tiempo que supone localizar ciertos hitos, se me va a hacer largo lo que resta.

No importa, voy bien de tiempo. Voy a marcar el punto en mi GPS y…

… un momento… ¡¿Dónde está mi GPS?!

¡Soy un auténtico imbécil! ¡No lo recogí tras dejarlo en el suelo en Peña Pintada!

No debería haber ningún problema con que haya desaparecido porque estamos entre semana y no viene nadie tras de mi (además, siempre lo dejo escondido por si las moscas, por lo que presumo que allí seguirá). El problema es que me va a tocar desandar el camino para volverlo a recorrer hasta aquí de vuelta. ¡Me voy a hacer la cresta tres veces!

Maldita sea. No me fustigo más y decido volver lo más rápido posible hasta el lugar donde dejé mi GPS.

Segundo error del día…

En un destrepe sin importancia, por ir rápido, no presto atención a que la roca donde estoy apoyando mi mano para equilibrarme está algo suelta. Esto ocasiona que, al ceder un par de centímetros, mi cuerpo caiga un poco y apoye mal el pie izquierdo sobre un saliente de piedra.

Creo que mi aullido se escucha por todo el valle…

Tengo que sentarme un par de minutos porque el dolor llega incluso a marearme.

Idiota, idiota, idiota…

Por un instante temo que la cosa sea peor de lo que aparenta, pero parece que puedo apoyar el pie. Puede que solo sea una torcedura y no un esguince, así que sigo adelante (aunque a un ritmo algo menor) hasta que vuelvo a Peña Pintada y recupero el aparato.

Ahora, tras el pequeño accidente, la duda es: ¿me bajo desde aquí al coche o intento terminar la actividad? En realidad, no se si mi decisión estuvo basada en el orgullo o en la certeza de que bajar por un terreno inclinado lleno de piñas caídas podría ocasionar otro mal apoyo que terminara de estropearme el pie. El caso es que finalmente decido volver a recorrer la cresta para intentar descender por el PR-17, más seguro y estable, desde el Collado de los Emburriaderos.

Así que, vuelvo a adentrarme en la cresta que, aunque la recorro con más tiento, no se me hace tan larga como al principio ya que ahora conozco el camino. Además, el pie parece mantenerse tranquilo al estar activo.

Lo peor vendrá cuando se enfríe. Así que, mejor mantenerme en movimiento.

Tras sobrepasar el punto donde me di la vuelta, dejo atrás un par de cuevas que servirían de buen refugio con mal tiempo, y veo bajo de mi, entre los árboles, el Camino de la Tubería. A mal dadas, podría bajar por la pedrera y regresar desde aquí; pero no me noto muy mal el pie y, a pesar de haber perdido casi una hora, creo que todavía tengo tiempo de completar la actividad.

Esta vez si que es orgullo…

Por tanto, cuando al fin llego al collado, continúo adelante ascendiendo de nuevo hacia el Risco de los Emburriaderos. El último escollo de mi ruta.

Seguramente hay un camino más evidente (de hecho, lo hay: una chimenea a la izquierda de mi posición), pero no lo localizo y voy tratando de “leer” la montaña para llegar lo más alto posible. De nuevo, un juego muy divertido a pesar de todo lo que ha pasado.

La vía que utilizo no es especialmente difícil pero reconozco que, con la tara del pie y el cansancio que llevo acumulado por haber hecho la cresta tres veces, debo pararme en más de una ocasión para reponer el aliento y las fuerzas antes de seguir subiendo. Noto la falta de entrenamiento, pero es algo que voy a ir cambiando esta primavera.

Cuando al final llego a lo más alto, encuentro el punto más expuesto de todo el recorrido que, sin ser nada del otro mundo en condiciones normales, tras todo lo que ha pasado no quiero tentar más a la suerte y lo paso con mucho “cuidadín”.

Desde aquí, tras sobrepasar varios afloramientos rocosos, alcanzo el punto donde el PR-17 se une con la senda que asciende hasta el Alto de las Guarramillas y se que mi travesía ha terminado. De hecho, ya en esta pradera el cuerpo me hace notar el cansancio acumulado y siento que voy ya “tocado” a estas alturas.

Necesito agua. Pero con todo el tiempo perdido no me detengo a beber, sino que descuelgo mi mochila y trato de beber sobre la marcha mientras inicio el descenso por el sendero PR.

Tercer y último error del día…

Logro saciar mi sed y, al ser una bajada cómoda, me impongo de nuevo un buen ritmo de bajada tratando de apoyar siempre de forma correcta el pie.

Pienso que, a pesar de haber perdido algo de tiempo, voy a poder llegar sin problemas a por los críos al cole. Algo justo pero llegaré. Eso si, voy a tener que quitarme la camiseta sudada y el chaleco, y quedarme solo con el forro polar. Pero… espera… ¡¿dónde está mi forro polar?!

Lo llevaba enganchado en la mochila y…

Hay que ser gilipollas. Al quitármela en marcha se me ha caído sin querer y no me he dado ni cuenta.

¿Me renta desandar el camino para recuperarlo? Creo que todavía tendría margen de tiempo, pero si surge algún imprevisto, no llego a por los niños. Fijo. Y además, voy con las fuerzas justas debido a la paliza que me he pegado y al dolor del pie (que terminará por hincharse un poco aunque, finalmente, no pasará de una torcedura). Creo que debo renunciar a él a pesar de tantos años conmigo. Ya andaba pensando en jubilarlo después de todo, pero me fastidia que sea así…

En fin, es lo que hay. Con la suerte que tengo hoy no voy a jugármela más (y debido a los atascos que encontraré más tarde, habré hecho bien).

Espero que le aproveche a quien lo encuentre, y que le sirva tan bien como me ha servido a mi.

Trato de no pensar mucho en ello. El camino ya no tiene pérdida y enseguida me encuentro en el Camino de la Tubería que me lleva directamente al “Mirador I“, situado ya en la pista forestal que me bajará hasta el Ventorrillo.

Voy un poco molesto por todo lo que me ha pasado. Por cometer los estúpidos errores de principiante que he cometido.

No obstante, debo quedarme con que la actividad al final ha salido bien y no ha pasado nada realmente grave. Podía haber tenido algo peor en el pie o perder mi GPS (de mucho más valor que el forro); así que, dentro de lo malo, me voy sin percances de gran importancia y habiendo recorrido una de las rutas montañeras más chulas de todo el Guadarrama.

La pérdida es solo de un objeto, por cariño que le tuviera. Lo importante me espera ahora en la ciudad a que les recoja y les lleve a casa…

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