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El Nevero

El Pico del Nevero es una de las montañas más emblemáticas y altas de la Sierra de Guadarrama, con una altura de 2.209 msnm.

Está situada en límite de la Comunidad de Madrid y la Provincia de Segovia. Su cara sur está dentro del término municipal de Pinilla del Valle y su cara norte en el de Navafría. Además, El Nevero se alza al oeste del Puerto de Navafría (1.778 m.), punto de una de las batallas más sangrientas de la Guerra Civil en Madrid, siendo una de las más septentrionales de la Sierra de Guadarrama y la más alta de los Montes Carpetanos.

El nombre de esta montaña viene de un característico y visible nevero con forma de “Z situado en la zona alta de la cara sur. Su cima constituye uno de los mejores miradores de la sierra, desde la que se ve gran parte de la llanura segoviana, el Valle del Lozoya y el macizo de Peñalara.

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Localización: Lozoya

Tipo de Ruta: Montañismo

Longitud: 12 kilómetros (aproximadamente)

Duración: 5 horas (aproximadamente)

Época recomendada: Todo el año (en invierno puede ser recomendable el uso de crampones)

Dificultad MIDE:  mide_ElNevero

Equipación mínima: Bastón (crampones), mochila, botas de montaña (o trekking) y agua. (más info…)

Ruta GPS: El Nevero

Recomendaciones:

  • No hay agua potable en el recorrido, salvo quizás en algunos merenderos previos en la carretera de acceso al puerto.
  • Mientras caminamos, es interesante intentar identificar las diferentes ruinas de la época de la Guerra Civil “espolvoreadas” por toda la zona. O incluso, en otoño, si tenemos los conocimientos necesario… recoger setas. Muy abundantes en esta zona.
  • Toda la zona es muy frecuentada en invierno por esquiadores de travesía. Si es una de nuestras especialidades: esta es una buena zona.

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Estamos tan acostumbrados a ver paisajes en la televisión, en fotografías o cuando salimos a dar una simple vuelta al campo, que nunca nos preguntamos qué historia tiene este que contarnos.

Cuando me decidí por realizar la ascensión al Pico del Nevero, mi intención no era más que la de subir a una de las montañas más altas de Madrid. Sin embargo, al recorrerla descubrí la historia que esta montaña tenía que contarme, oculta entre sus árboles y su redondeado perfil.

Mientras subo por la carretera que da acceso al Puerto de Navafría desde el pueblo de Lozoya, me asombro por el paisaje que me rodea. Es otoño, y un sinfín de tonos ocres salpican los árboles. Amarillos, naranjas, pardos y verdes… el paraje rebosa color, y resulta tan espectacular que conduzco despacio para deleitarme con la visión de los robles que comienzan a dormitar camino del invierno.

Sierra de Lozoya
La verdad es que no soy muy fan de Joan Manuel Serrat, pero recuerdo una de sus canciones, muy apropiada para el rincón que ahora recorro:

Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.

Poco antes de llegar al puerto (a unos 11 Km. del pueblo), me da la impresión de estar cruzando una frontera natural; me sumerjo en extensos pinares, los mejor conservados de toda la región, que se resisten a cambiar de color y aún se conservan verdes.

Tras aparcar el coche en el aparcamiento del puerto, inicio mi camino por la senda forestal que sale a la izquierda del refugio y centro de esquí de fondo.

Refugio de Navafria
La senda discurre bordeando los montes y poco a poco va descendiendo hacia el pueblo segoviano de Navafría. Al cabo de un rato de caminata me pregunto, incluso, si habré elegido bien mi itinerario porque no veo la senda que debe conducirme hacia arriba.

Afortunadamente, cuando ya pensaba darme la vuelta (tras una media hora de camino) llego a un mirador orientado hacia los demás Montes Carpetanos: Los Reajos. Desde allí, un poco más adelante, sale una senda hacia la izquierda que inicia una pronunciada subida a través de los pinares.

Mirador
Más tranquilo por haber dado con la senda correcta comienzo a subir y a probar mi estado físico. Llevo bastante tiempo parado y, aunque el cuerpo responde bien, los pulmones acusan la inactividad…

En mi devenir permanezco atento por si puedo ver y fotografiar algún animal. Estoy completamente solo y puede que no haya gente en muchos cientos de metros a la redonda, así que procuro ser silencioso por si puedo “cazar” algo.Setas

Sin embargo, lo más que consigo es dar con algunas setas espectaculares, que tampoco me atrevo a recoger porque desconozco si son comestibles. Esta es una disciplina que ignoro por completo.

El camino se va convirtiendo a cada paso en una ruta más pedregosa, y veo algunos hoyos a los laterales que no me atrevo a jurar que son lo que creo que son… si he leído bien en el libro que traigo conmigo.

Por fin, más adelante, la línea de árboles comienza a desaparecer y una muralla derruída a mi izquierda me saca de mis divagaciones. El libro tiene razón: se trata de fortificaciones abandonadas de la Guerra Civil.

Esta primera posición tiene pinta de haber sido bastante grande, pero tan solo en unas piedras que siguen la línea de antiguos muros se adivinan las formas de la antigua construcción. Si no me hubiera informado antes de venir en algunos textos referidos al conflicto por esta zona no me habría detenido, pensando que esos restos no eran más que de unas antiguas vaquerizas de pastores.

Camino por un suelo acolchado de cesped que pronto se vuelve terroso y pierde vegetación a cada metro.

En estos parajes tuvo lugar una cruenta batalla durante la Guerra. En el verano del 36, el puerto se hallaba en manos republicanas cuando el bando nacional decidió tomarlo para proporcionarse un acceso por la zona norte de la sierra, mientras más al sur acosaban a su vez el Puerto de los Leones.

Tras cambiar un par de veces de manos, finalmente los nacionales se hicieron de forma definitiva con él en el mes de agosto y lo mantuvieron hasta el final de la guerra.

Mientras asciendo por un paisaje cada vez más desolado no puedo evitar pensar en cómo tuvieron que pasarlo aquí aquellos hombres. A dos mil metros de altura, pasando frío y hambre… y siendo disparados desde el frente.

Una sensación de pesadumbre me invade…

Comparativas del Pico del Nevero
Sin perder el camino, por fin me aproximo a la cima del Nevero.

Puedo ver la garganta del pequeño, y casi desconocido, circo glacial. Está totalmente seco. Muy distinto de la imagen que tiene en invierno o en primavera (como podéis ver arriba). La verdad es que esta es una ruta muy bonita para hacerla en invierno, aunque creo que sería imprescindible acceder con cadenas hasta el puerto.

Mientras doy mis últimos pasos hasta la cima, me cruzo con una pareja que me indica que ya son pocos los metros que me quedan para llegar.

Les veo descender a la vez que me asomo por la garganta de la montaña, y veo como las lagunas glaciares aún conservan agua; aunque quedan empequeñecidas por el impresionante Embalse del Lozoya que cubre casi todo el valle.

Lagunas del Nevero
Demoro todavía un poco más la llegada a la cumbre porque mis pasos se ven flaqueados por trincheras casi tapadas por el paso del tiempo, pozos de tirador… y otro par de construcciones derruídas que seguramente eran los cuarteles que levantaron las tropas en este magnífico mirador de la sierra.

Camino en un respetuoso silencio por entre las ruinas y cuando por fin corono la cima de la montaña (en no más de dos horas desde mi partida), cuyo vértice geodésico está derribado en el suelo como un si se tratase de un cruel simbolismo, decido dedicar esta subida a toda la gente… todos los “hermanos” que dieron su vida en la sierra de Madrid por culpa del sinsentido de la guerra…

Cima del Nevero
Tratando de no pensar mucho más en el tema, me dedico a contemplar nada más que el paisaje mientras como algo sentado en el murete de un antiguo puesto artillero (que hoy bien podría ser usado como vivac).

La verdad es que las vistas son absolutamente impresionantes. Frente a mi, todo el Valle del Lozoya recibe la llegada del otoño bañándose en una hermosa acuarela de colores anaranjados dignos de cualquier impresionista. Me encanta esta época del año. Me gusta porque sabe a recuerdo, con su brizna de tinte añejo… porque invita a la nostalgia, y de la buena se alimenta el alma…

Por encima de los bosques que cubren mis pies: Cuerda Larga, vista desde el norte. Una visión que aún no había tenido y que casi me parece más hermosa que desde la capital, por lo distinta, y casi extraña, y porque hacia el oeste se funde con el Pico de Peñalara y el Parque Natural.

Desde Valsaín atisbo a ver como nubes bajas tratan de trepar por las montañas para dar el paso hacia el sur. Al igual que a mi izquierda, mucho más al norte, adivino como la bruma se arrastra por la Sierra de Ayllón.

Más allá se divisa la Bola del Mundo y, a pesar del leve frío que me azota y los pensamientos que hasta ahora me han asaltado… de repente me encuentro nuevamente en paz.

Panoramica del Valle del Lozoya
Tras recoger mis bártulos, inicio el descenso decidido a bajar por otra ruta que se me antoja más corta que la realizada para subir: recorriendo la cresta de la montaña.

Una vez dejo tras de mi un muro de piedra que desciende hasta el valle, el camino se separa en dos: a mi izquierda el camino que se interna en el bosque hasta la pista forestal. A mi derecha: un sendero más abrupto que desciende la montaña directamente hasta el puerto.

Tomo esta ruta viendo como empiezan a aparecer unas cuantas personas que se dirigen hacia lo alto. Es una excursión tan sencilla que es normal que esté llena de gente con el buen día que hace. A mi, desde luego, me ha servido para retomar un poco la forma que había perdido tras este tiempo de descanso.

Ruinas de la Guerra CivilPaso ahora junto a las ruinas de un fuerte que no vi en mi subida. Después de los sentimientos despertados allá arriba, en este momento tan solo siento curiosidad y me interno por ellas unos minutos para comprobar como era de grande. Todavía se conservan algunos agujeros para las mirillas de las armas de fuego…

Continúo mi camino si dejar de observar la sierra que se extiende por el sur, y las llanuras segovianas por el norte. La sensación es extraña. Nunca lo había visto desde aquí y me parece no estar realmente en la Sierra de Guadarrama. Deambulo por la frontera natural de las dos Castillas…

Voy bordeando la montaña descubriendo lo escarpado de su perfil, que hasta ahora, por la subida que he realizado, se me había mantenido oculto. El descenso por aquí es bastante pronunciado, cuando llegue al puerto no habré tardado más de una hora en hacer el recorrido; pero haber subido por aquí habría sido un poco “rompepiernas” dado mi estado de forma actual.

Descenso a Navafria
Antes de volver a internarme en la línea de árboles y hallarme bajo su protección, echo una última mirada atrás. Con el sentimiento de haber pisado una parte de la historia reciente de España. Una historia triste, pero que sin duda no debemos olvidar si no queremos que se vuelva a repetir.

El Pico del Nevero se alza ante mi, mostrándose a través de los pinos en todo su sencillo esplendor. Ahora se me antoja como una montaña más hermosa que la que vi mientras me aproximaba a ella con el coche. Y, qué duda cabe, cuando la vuelva a ver sabré escucharla, sabedor de las historias que tiene que contarme.

Picodel Nevero entre los arboles
La senda desciende rápidamente, siguiendo unas estacas de madera con alambre de espino, hasta el aparcamiento (ahora lleno) que se haya unos metros antes del refugio.

Mientras vuelvo hasta el valle y el color del otoño, pienso en mis palabras de antes y me prometo a mi mismo que trataré de escuchar más a menudo las historias que el paisaje tenga que contarme.

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