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Las Machotas

Las Machotas son dos elevaciones montañosas, pertenecientes a la vertiente madrileña de la Sierra de Guadarrama, de cuya alineación principal se encuentran separadas por diferentes fracturas. Estos montes-islas, llamados así por su ubicación colateral con respecto al eje de la cordillera, están ubicados entre los términos municipales de Zarzalejo, El Escorial y San Lorenzo de El Escorial, en el oeste de la Comunidad de Madrid.

Las Machotas tienen una altura máxima de 1.466 m, que se sitúa en la Machota Alta, también conocida como Pico del Fraile. La Machota Baja (o Chica), que presenta un relieve mucho más abrupto, tiene 1.410 m de altura. Ambas son uno de los extremos del llamado Circo de El Escorial, donde se encuentra el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial y la población de El Escorial, que también se encuentra flanqueado por el Monte Abantos (1.753 m).

Dada su configuración aislada en relación con la alineación principal de la Sierra, estas montañas han sido objeto de una acción erosiva diferencial, que ha dado lugar a la formación de abundantes “bolos graníticos”, algunos de gran singularidad. Las cumbres de la Machota Alta albergan los canchales más llamativos, caso de la Bola, el Badajo, el Gigante Mudo y, especialmente, el Fraile, del que esta elevación recibe uno de sus dos nombres.

Su vegetación es la característica del rango altitudinal en el que se encuentran estos picos. En su base, aparecen robledales y castañares (incluídos en el Catálogo de Árboles Monumentales Madrileños), que son sustituidos, en las laderas, por enebrales. En las cimas, los bosques abren paso al matorral de montaña o piornal.

Como curiosidad, mencionar que, según la leyenda, el rey Felipe II eligió las laderas de Las Machotas, para construir lo que hoy es el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, dada la abundancia de canteras del lugar. Tal fue la oposición recibida por los vecinos que el monarca optó finalmente por edificarlo a las faldas del Monte Abantos.

Aquí disponéis de los datos de la ruta…

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Localización: El Escorial

Tipo de Ruta: Montañismo

Longitud: 6 kilómetros (aproximadamente)

Duración: 5 horas

Época recomendada: Todo el año

Dificultad MIDE:  → mide_LasMachotas

Equipación mínima: Bastón, mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Las Machotas

Recomendaciones:

  • No hay agua potable en el recorrido, así que, aunque la ruta no es muy complicada, es recomendable llevar agua en la mochila.
  • Merece la pena detenerse a contemplar la llamada Silla de Felipe II al empezar o terminar la ruta. Las vistas que tendremos desde la cima, será igual o más hermosas que desde allí, pero la significancia histórica ya es suficiente razón para trepar por sus rocas.
  • La zona que rodea a La Silla, pertenece a la reserva natural del Bosque de la Herrería, y allí podremos encontrar una ruta educativa forestal, bastante interesante si vamos con niños.

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Hace muy buen día para afrontar esta excursión.

La semana pasada tuve la oportunidad de estar en los Picos de Europa ascendiendo a la montaña más alta de Cantabria: Torre Blanca, y fue una experiencia fantástica para quitarme el gusanillo de la alta montaña. Así que hoy me planteo esta ascensión como un mero divertimento para pasar la mañana y de paso comprobar que tal anda mi rodilla después de los problemas que me dió en aquella ocasión.

He aparcado el coche junto a la Silla de Felipe II, un conjunto granítico con diferentes plataformas labradas donde la tradición indica que el rey, y sus acompañantes, se sentaban a vigilar las obras del Monasterio de El Escorial. Me viene a la cabeza también otra teoría que data estas formaciones en épocas aún más remotas: en la prehistoria, cuando el pueblo vetón habitó esta región y usó este paraje como templo a su dios de la guerra.

En cualquier caso mientras admiro el magnífico paisaje que el mirador me ofrece, voy preparando mi mochila y mis bastones para iniciar la ruta, en completa soledad, sintiendo nada más que la brisa en mi rostro y el peso de la historia sobre este lugar.

Detrás de la pequeña cantina que se ubica entre los árboles junto a “la Silla”, sale una senda que se eleva sobre un montículo mediante unas escaleras de piedra. Tomo esa dirección siguiendo las marcas rojas y blancas del GR-10 (estas señales llegan prácticamente hasta el Collado de Entrecabezas, con lo que el sendero no presentará ninguna dificultad).

Rodeo la llamada Casa del Sordo y continúo mi camino por un sendero muy sencillo y bien cuidado que poco a poco va ganando altura de forma muy leve.

Mientras camino, me voy adentrando cada vez más en el Bosque de la Herrería, un singular espacio protegido hogar de varias especies de mariposas y multidud de frondosos árboles. Bajo de mi, por la pista forestal, existe incluso un recorrido ecológico para aprender un poco sobre la flora local.

El sitio es sin duda muy bonito y resulta muy agradable caminar por él al cobijo del sol.

Llego por fin a un punto donde el camino parece adentrarse en una finca particular (la de “los Hermitaños”, la nombran), protegida por una verja metálica. He leído en algún sitio que en un punto de la senda hay que cruzar el muro que ahora descubro, pero no me parece que sea este el sitio. El sendero parece continuar dejando la tapia a mi izquierda, sin tener que cruzarla, así que, por el momento, le hago caso a mi instinto y no abandono mi ruta.

Desde aquí parece que empiezo a ganar altura con más facilidad y me adentro aún más en la espesura del bosque.

Me parece oler a tomillo o romero, no acierto a identificarlo, pero es sumamente agradable el paseo de sensaciones que me estoy dando.

Sin perder mucho de vista el paredón sigo adelante mientras el sendero se va estrechando poco a poco. En algunos puntos, incluso, hay que dar alguna zancada elevada para superar alguna roca que otra, pero nada que represente un problema.

De repente, me topo con una lastra donde veo pintadas una marca del GR y una flecha que me indica que debo saltar el muro de piedra y dejarlo desde aquí a mi derecha. Parece que no me he equivocado y estoy siguiendo el camino correcto.

Poco a poco sigo ganando altura hasta que llego a otro lugar en donde la muralla se haya interrumpida por una verja giratoria por la que debo cruzar. Es un poco estrecha, aunque con una mochila pequeña se pasa sin dificultad.

Sobre mí veo un cartel de chapa que indica que me estoy adentrando por fin en la Finca de Las Machotas, y los avisos y prohibiciones a las que me atengo al entrar en ella. Una de las que más me llama la atención es que, al tratarse de un coto de caza, todo el que entre aquí debe informarse antes de si hay una batida de caza o no. Me pregunto donde podrás informarte de ello y por qué no se avisa eso más abajo. “Solo falta que algún despistado me pegue un perdigonazo sin querer”, bromeo para mis adentros.

Desde aquí el sendero se vuelve más rocoso y salgo por fin del bosque.

El desnivel aumenta, pero por fin veo el collado cerca de mi.

La ausencia de sombra y las cuestas más pronunciadas hacen que acabe definitivamente de romper a sudar. No obstante solo he tardado media hora en subir desde “la Silla” hasta aquí, lo cual me satisface mucho porque hoy tengo un tiempo limitado para hacer cumbre (esta tarde parto de viaje).

Por fin llego al collado y veo talladas en una enorme piedra unas palabras que me indican que me hallo en la Senda de los Tres Hermitaños. Desde este punto parten tres caminos: uno que baja hacia la otra vertiente de los montes, y los que ascienden a cada Machota.

El paisaje es hermoso. Veo tras de mi el Monasterio de El Escorial en las laderas del Buen Monte del Oso (el Abantos), por donde el amiguete Charlie y yo anduvimos casi perdidos hace algo más de un año. Frente a mi, las huertas del sur de Madrid sobre las que se elevan en la lejanía los radiotelescópios de Robledo de Chavela.

Al fin, me decido por subir primero a la Machota Baja, ya que la senda está mucho más definida hacia ella.

Se trata de un camino bastante pedregoso y divertido ya que, aunque está bien cuidado, tienes que lanzar las manos en alguna ocasión (tan solo para facilitarte el paso).

Al cabo de unos minutos llego a una especie de pradera que, dada la época que es, es un auténtico secarral. El camino se ensancha y se dirige directamente hacia el sur, donde se eleva un conjunto rocoso que parece ser la cima.

Mis pasos me llevan hacia allí y no tardo en comenzar a trepar por algunas grandes rocas.

La adherencia es buena así que tampoco parece muy dificil deambular por la zona.

Paso unos pequeños árboles y, cuando ya me creo en la cumbre, descubro que aún no he llegado. He seguido unos hitos que me han llevado a una especie de antecima de la que tengo que bajar para llegar a la cima real.

El sol empieza a apretar.

No me lo pienso mucho, aún estoy pendiente todo el rato de la hora y no quiero tardar en encaminarme hacia la verdadera cima. Los últimos pasos transcurren por entre los peñascos convirtiendo esta parte del camino en un tramo muy bonito. Tras de mi viene un tipo algo mayor con su perro. Nos saludamos y, mientras él se desvía a unas rocas cercanas, yo trepo definitivamente a la cumbre.

Curiosamente, junto al vértice geodésico me encuentro con un buzón de montaña. No hay nada dentro, pero es llamativo encontrar esto en un monte tan bajo. Siempre he pensado que estos compartimentos son más propios de la alta montaña.

Hago la foto de rigor, contemplo por un momento el espléndido paisaje, y sin dilación me pongo en camino hacia Entrecabezas.

El descenso lo efectúo por el mismo camino y apenás me lleva tiempo.

Ahora: la Machota Alta.

El sendero circula constántemente junto a un muro que divide el monte en dos. Dejándolo todo el rato a mi izquierda, no tiene pérdida.

La ascensión resulta algo más dura que a la Machota Baja porque el camino, sin ser tan abrupto como el de esta, está lleno de maleza y en algunos segmentos resulta un poco incómodo. Además, la rodilla está empezando a molestarme de nuevo y no camino cómodo.

Tras una primera cuesta, llego a un rellano donde mis piernas descansan un poco mientras avanzo. Sin embargo, pronto alcanzo la segunda pendiente y de nuevo retomo la subida.

Por encima de mi veo varios túmulos de rocas, ninguno de los cuales acierto a identificar como una cima definida.

El camino se ha adentrado en una zona más abierta y ya no supone ninguna contrariedad.

Consulto mi GPS. Él me está dirigiendo hacia la cumbre. Parece que hay tres o cuatro grupos de rocas, de los cuales uno se eleva ligeramente por encima de los demás. Así que, hacia allá me dirijo.

El monte parece redondearse. El murallón de rocas se hace un poco más elevado, aunque está semiabandonado y hay puntos en los que está parcialmente derruído. Lo cruzo por uno de ellos y camino los últimos metros hasta un grupo de lastras donde mi “cacharro” me dice que está el punto más elevado (me llama la atención no encontrar un vértice geodésico aquí, pero imagino que sus razones técnicas habrá).

¡Segunda cumbre del día!

Las vistas son muy bonitas. El hecho de encontrarse en esta especie de isla montañosa, te da una perspectiva muy peculiar de la Sierra. A mi izquierda el Monte de San Benito (un viejo conocido que intentamos subir hace años y del que tan solo llegamos a su base para hacer un “acampedo”), el Puerto de la Cruz Verde (paso natural de la zona hacia Ávila), con hordas de motoristas subiéndolo y bajándolo; El Escorial, el Monte Abantos y, más allá, las grandes alturas de Guadarrama.

A pesar de las molestias en la rodilla, las vistas merecen la pena el esfuerzo… como siempre.

No permanezco mucho rato por allí, puesto que justo en la cumbre acabo de alcanzar mi autoimpuesta “hora límite”. Intento descender a buen ritmo, aunque la rodilla me obliga a relajar el paso en ocasiones (los pinchazos que me dan de vez en cuando son aterradores; debo ir al médico en septiembre).

La ruta de bajada es idéntica a la de subida. Aunque tras cruzar los dos pasos correspondientes del muro de la Finca de los Hermitaños debo hacer un “zig” en vez de un “zag” sin darme cuenta, y tomo un sendero que me lleva directamente a la senda ecológica en vez de a la Silla de Felipe II.

Esto no supone ningún incoveniente porque desde aquí el terreno llanea hasta el parking y le proporciona un alivio a mi maltrecha articulación.

Llego al coche en pocos minutos y cumplo mi itinerario en unas tres horas exactas. Justo lo que tenía planeado.

Bebo un poco de agua y me pongo en marcha hacia Madrid a hacer las maletas. Creo que, definitivamente, me he ganado al menos una semanita de relax…

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