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Monte Pindo (Moa)

El Monte Pindo (Moa) es un macizo granítico de 629 metros de altura que se encuentra en el concello coruñés de Carnota.

El Monte Pindo forma un espacio natural junto a la Playa de Carnota incluido en la Red Natura 2000. Tiene una superficie de 4.629 ha y se encuentra en los municipios de Carnota, Mazaricos, Cee y Dumbría, entre las rías de Corcubión y la de Muros y Noia.

Cavidades en la cumbreLa particular geomorfología granítica del Monte Pindo (considerado en algunas publicaciones como el “Olimpo de los Celtas“) ha inspirado gran cantidad de historias y leyendas sobre deidades, esculturas, o monstruos y gigantes míticos; incluidas algunas sobre el Río Xallas, debido a la cascada del Ézaro por caer sus aguas directamente sobre el agua salada del mar. Sitios como O Pedrullo donde se cree hubo fortificaciones antiguas, o cuevas como la de Casa Xoana… por todo el lugar se pueden encontrar numerosos restos arqueológicos, como petroglifos, útiles de bronce y hasta restos de una supuesta antigua ermita.

A Moa, también llamado, así como Binn Dubh (o monte oscuro) es considerado un lugar de cultos prehistóricos, es una cumbre extraña, masiva y solemne como una catedral construida para mejor contemplar el fin de la tierra, que, como es bien sabido, acontece siempre allí donde comienza la inacabable inmensidad del mar.

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Localización: O Fieiro

Tipo de Ruta: Senderismo

Longitud: 7 kilómetros (aproximadamente, ida y vuelta)

Duración: 2 horas (ida y vuelta)

Época recomendada: Todo el año

Dificultad MIDE: mide_MontePindoMoa

Equipación mínima: Bastón, mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS:

Monte Pindo (Moa)

Recomendaciones:

  • No hay agua potable en el recorrido, así que, aunque no sea una ruta exigente desde nuestro punto de inicio es recomendable llevar agua en la mochila.
  • La ruta de ascenso está señalizada con marcas amarillas y blancas de PR, no así el descenso si queremos completar la ruta circular. Por tanto, en este caso tendremos que prestar atención a nuestra orientación.
  • En verano conviene ir temprano para disfrutar de la montaña en soledad, y para encontrar aparcamiento en la aldea de O Fieiro.

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Reis, bispos, presbíteros, todos por poderes recibidos de Deus, excomungaron aquí este castelo
(Reyes, obispos, presbíteros, todos por poderes recibidos de Dios, excomulgaron aquí este castillo)

blanco

Con esta lúgubre cita que reza una inscripción en una roca aislada de este extraño monte, me dispongo a acometer su ascensión.

Una excursión lárgamente esperada, no por su dificultad sino por su simbolismo.

Al igual que subí hace un tiempo a lo más alto de Peña Amaya por ser, supuestamente, la última capital cántabra previa a la dominacion romana… hoy quiero elevarme por encima de lo que muchos consideran el monte sagrado de los celtas ibéricos de esta parte de la península. El Olimpo de los Celtas, lo llaman…

No es solo la altura geográfica la que me llama, sino también este típo de leyendas e historias que se elevan por encima de algunas montañas.

Inicio desde Fieiro

Así, empiezo mi camino siendo difícil el explicar lo que se siente al caminar por tierras plagadas de hórreos y neblinas que se evaporan sobre mi cabeza como espíritus de los que has oído hablar desde niño junto a leyendas de meigas y trasgus.

Las primeras cuestas me evocan esos recuerdos mientras la campana de la aldea de O Fieiro suena a mis espaldas.

Según me adentro en el pequeño macizo, surgido de las aguas de la Costa da Morte hace milenios, otras imágenes me vienen a la memoria. Las de los canchos y tolmos que pueblan La Pedriza de Madrid. Este lugar asemeja mucho a aquel y no me extraña que los antiguos pobladores celtas vieran figuras, gigantes y otras criaturas por todo el lugar. En ambos lugares se comparten las mismas visiones.

Entre canchos

El “Olimpo de los Celtas” lo llaman muchos historiadores. Y según me adentro por entre sus mágicas piedras, más de acuerdo estoy con esa afirmación.

Hoy al mismo paisaje se lo ve antiguo. Viejo. Parece que incluso quemado. Y tampoco me extrañaría vistos los antecedentes y la relación de esta tierra gallega con el fuego.

A veces tengo el convencimiento de que a este planeta le iría mucho mejor sin nosotros…

Panoramica macizo de Pindo

La pista es clara y continua. No hay más que seguir las marcas blancas y amarillas de PR hasta la cumbre (desde allí ya no habrá más señalización). Subo al fresco y con los primeros rayos de sol por la única zona de bosque que parece inmaculada en toda la zona.

Sin duda el lugar es tremendamente similar a La Pedriza. Pero a la vez… es tan distinto. Pinares plagados de helechos que exudan frescor. Verde aquí y en el horizonte. Un color que a veces falta en el Guadarrama.

Dejo atrás las placas de granito de A Orelluda, que me hacen preguntarme si existirán vías de escalada en este lugar. Me constan algunos intentos de apertura, pero nada claro o definido. La mayoría de los gallegos son gente de mar, no de montaña. Desde luego, muchos emplazamiento se prestan a ello, y me se de más de uno que disfrutaría de lo lindo escalando “en adherencia” por aquí.

Panoramica Casteliños

Cuando llego a la zona de Casteliños veo por primera vez el mar.

La playa de Carnota realiza su giro hacia el sur mientras puede verse como el mar penetra por sus arenales, alejados de la civilización que se mantiene algo alejada de las frías aguas.

Vista desde aquí, recortada por estos perfiles de roca… impresiona aún más su belleza.

Me percato en este momento que no oigo nada a mi alrededor. Ni siquiera un pájaro.

Estoy en otro mundo.

Panoramica collado

Sigo adelante, sobrepasando un collado donde encuentro un panel informativo y observado tan solo por estos gigantes de piedra cuyas historias quedaron olvidadas al mismo tiempo que los nombres de aquellos hombres que se aventuraron a subir hasta aquí por primera vez, buscando a sus dioses.

Quizás estos últimos aún deambulan por las trochas en las noches, esperando a alguien que sepa hablarles; o abandonaron, finalmente, la tierra hacia el cielo. Hacia la luna donde me dirijo…

Luna y Rocas

Mis pasos me llevan a una pradera donde el camino se difumina durante unos metros y, a pesar de una indicación, los hitos llegan a confundirte. A pesar de todo, la dirección hacia la cumbre es más o menos clara: recto y ligeramente a la izquierda.

Area de descanso de MoaLos árboles aquí siguen pareciendo muertos hasta que llegas a un pequeño bosquete que se mantiene todavía fresco y en donde veo una indicación que me desvía a una recoleta área de descanso o hacia mi destino final: A Pedra de Moa.

No me detengo mucho a mirar, sino que sigo ascendiendo, siguiendo las marcas del PR.

Cuando al fin me elevo en un minúsculo collado, el viento azota con fuerza mi espalda como si quisiera abandonar sin dilación la península hacia el ignoto Océano Atlántico. O como si esos viejos dioses quisieran impedirme el acceso a su última morada.

Cumbre de Moa

Aunque el paso no presenta ninguna dificultad, lo cruzo con tiento para evitar desequilibrarme con alguna ráfaga más fuerte que otra.

Llego a la cumbre. A Penha de Moa. Un lugar extraño plagado de cavidades llenas de agua, un lugar de cultos prehistóricos. La magia del lugar lo adornan las vistas… simplemente excepcionales.

Lo he dicho muchas veces: en ocasiones son las montañas más pequeñas (en este caso, monte) las que te dan los regalos más inesperados y hermosos.

Panoramica desde la cumbre de Moa

Me encuentro en “la última montaña del mundo“.

A mi izquierda la playa de Carnota, alrededor: Corcubión, Cee, O Pindo… y, frente a mi, Finisterre. Fisterra. El fin de la tierra… Finis terrae.

Oh, Vida Oculta que vibras en cada lugar;
Oh, Luz Oculta que brillas en cada criatura;
Oh, Amor Oculto que todo lo abarcas en la Unidad;
Que cada ser que se sienta uno Contigo,
Sepa que, por tanto, es uno con todos los demás

Se siente algo especial aquí arriba a pesar del azote de un viento que no me da tregua.

Hace frío, pero permanezco aquí arriba, solo, por más de media hora. Intento empaparme del lugar como tantos otros antes que yo.

Pico Peñafiel

Empiezo a bajar, dejando a mi izquierda el Pico Peñafiel (394 m.) y lo hago en el mejor momento. Ahora empieza a subir mucha gente. Excursionistas de bocadillo y kleenex en el sendero. Lo dicho: creo que al planeta le iría mejor sin nosotros.

Procuro no pensar mucho en ello para no llevarme un mal sabor de boca de aquí y vuelvo tranquilamente al coche pensando tan solo en el baño y la cerveza que voy a disfrutar en casa de mis anfitriones, a los cuales les dedico esta pequeña y preciosa cumbre.

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