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Mulhacén

El Mulhacén, con una altitud de 3.479 m. es el pico más alto de la península ibérica (y el de la Europa continental fuera del Cáucaso y los Alpes), y el segundo de España tras el Teide. Es considerado además el tercer pico más prominente de Europa, al no incluirse habitualmente las islas atlánticas en estos listados, tras el Mont Blanc y el Etna (el segundo si consideramos solo al continente, sin la isla) y se encuentra en el puesto número 64 dentro del ranking mundial.

El Mulhacén forma parte del Parque Nacional de Sierra Nevada. Está enclavado en la provincia de Granada, en el sur peninsular de España, y pertenece a la cordillera Penibética.

La teoría más extendida sobre su nombre proviene de Muley Hacén, castellanización del nombre de Mulay Hasan, antepenúltimo rey nazarí de Granada en el siglo XV, del que se dice, fue enterrado en la cumbre de esta montaña (aunque nadie ha podido confirmar este hecho). Sin embargo, por la suavidad que presenta su relieve en la vertiente sur, que facilita su ascensión, los habitantes de los aledaños pueblos alpujarreños también lo conocen simplemente como el Cerro.

En contra de lo que ha sucedido en épocas pasadas, cuando se podía llegar casi a la cumbre utilizando vehículos a motor, ya sólo se puede realizar la subida al Mulhacén a pie, desde el año 1994. En verano puede subirse caminando en un sólo día desde los pueblos de Capileira o Trevélez (superando en ambos casos un desnivel superior a los 2000 metros de altura), pero es más común pasar una noche en el refugio de montaña de Poqueira, o en el Vivac de la Caldera, al Oeste, junto a la laguna de este mismo nombre. Con un desnivel sensiblemente inferior, también es frecuente realizar la subida partiendo desde Pradollano, en la Estación de Esquí y Montaña.

Las condiciones para hacer cumbre en invierno, a través de cualquiera de sus itinerarios, pueden llegar a ser extremadamente duras, sobre todo dada la rapidez y la frecuencia con que cambia la meteorología allí en esa época y los extremos a los que llega, con temperaturas que bajan de -20  ºC, lo que ha provocado frecuentes accidentes. Incluso montañeros avezados que tenían en su currículum varias cimas del Himalaya han encontrado en el Mulhacén el fin de sus días.

La primera ascensión de la que se tiene constancia data de 1804, y fue llevada a cabo por Simón de Rojas Clemente, aunque debido a la fisionomía de la montaña esta debió haber sido ascendida por lugareños desde mucho tiempo atrás. La primera ascensión invernal de la que se tiene constancia data de 1901 por Félix Basazza, Vicente Montero y Matías Vázquez.

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Localización: Capileira

Tipo de Ruta: Montañismo / Alpinismo

Longitud: 25 Km.

Duración: 10 horas (recorrido total sin pausas)

Época recomendada: Primavera a otoño (en invierno hay que tener conocimientos de técnicas alpinas)

Dificultad MIDE:  → 

Equipación mínima: Bastón, mochila, botas de trekking y agua (en invierno: crampones, raquetas y piolet). (más info…)

Ruta GPS: Mulhacén

Recomendaciones:

  • Hay agua potable en el recorrido en los diferentes arroyos que encontraremos (y donde, de necesitarlo, conviene rellenar siempre con pastillas potabilizadoras). Aún así, y dependiendo de la época del año, es recomendable llevar, al menos, 2 l. de agua en la mochila.
  • La mejor época para ascender a este pico es en primavera, aunque haya nieve en los recorridos más usuales. El tiempo suele ser estable y las temperaturas suaves, aunque conviene llevar atención a las fuertes ráfagas de viento, que pueden dificultar la subida.
  • Si no se quiere realizar la ascensión de un solo tirón, o necesitamos aprovisionarnos, conviene disfrutar del buen ambiente del Refugio de Poqueira, en el que conviene reservar con la suficiente antelación.

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Una vez le preguntaron a Julius Kugy que cómo debía ser un buen alpinista… y él respondió: “Sincero, noble y discreto.

Sería muy pretencioso por mi parte calificarme de este modo, pero al menos si he de decir que siempre he tratado de regirme por esos preceptos. Aunque por ello haya tenido más de un problema.

He viajado por medio mundo y conocido lugares y gentes increíbles…

He ascendido por mi propio pie a montañas de renombre…

He buceado en las profundidades marinas y surcado los cielos tras saltar de un avión en marcha…

He vivido más de lo que muchas personas llegarán a vivir en toda su vida…

Pero jamás he vivido una aventura más grande y más dura que la tener un hijo, y sentir como te agarra un dedo con sus pequeñas manitas.

Así, con el recuerdo de mi chica y de los dos peques que dejo a mis espaldas por unos días, a uno de los cuales recién nacido pretendo dedicarle esta ascensión como ya antes, en el Urriellu, hice con la otra (un símbolo de los montañeros españoles para cada uno), nos hemos puesto en marcha hacia el Macizo de Sierra Nevada. Para subir al Mulhacén: el techo de la península ibérica. Una de las montañas del paraíso, de las montañas mágicas, que nombrara Miguel de la Quadra-Salcedo ……

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Día 1:

El viaje ha resultado más cómodo de lo esperado. Aunque parezca mentira, nunca había bajado hasta Granada o las Alpujarras así que, salvo por un desvío involuntario debido a la celebración de un rally por la carretera que nos correspondía, hemos llegado sin mayores incidentes a nuestro destino disfrutando de un entorno sumamente hermoso. Sin detenernos mucho en el pueblo de Capileira (me pregunto de donde sale este nombre de aire tan gallego), ya lo haremos mañana, lo atravesamos y comenzamos a subir por una pista forestal que nos hará ganar bastante desnivel hasta que debemos detenernos en la barrera del Área Recreativa de la Hoya del Portillo, a casi 2.200 m. de altitud.

Llegados a este punto, dejamos el coche, comemos algo y, tras pertrecharnos, nos adentramos por un sendero señalizado como PR-A 23 que sale desde detrás de la caseta de control de acceso, a partir de donde solo un pequeño microbús que lleva a los turistas hasta el Alto del Chorrillo (2.721 m.), y la furgoneta de abastecimiento del Refugio Poqueira, tienen permitido el paso. Las marcas blancas y amarillas del sendero nos adentran en el pinar y nos conducirán sin pérdida alguna hasta el refugio.

Al no haber viento que logre atravesar la floresta, estas primeras cuestas nos hacen romper a sudar con rapidez. No es duro, pero se nota cierta inactividad previa.

Viendo como la mayoría de la gente, incluso familias con niños, va de recogida, mi amigo Juan Carlos (que hacía mucho tiempo que no salía conmigo a hacer montaña, y se ha decidido a volver precisamente con este montañón) y yo seguimos hacia arriba hasta que llegamos a un cortafuegos que termina enseguida por morir en Puerto Molina.

Aquí, el sendero vuelve a juntarse con la pista forestal pero nosotros obviamos ese camino y decidimos continuar por la senda que ya irá más tendida hasta nuestro destino.

Frente a nosotros, el inconfundible Veleta (3.396 m.). Segunda cumbre de Sierra Nevada y uno de los objetivos iniciales sino hubiera sido descartado por falta de días y por algunas prescripciones médicas…

Pocos metros más adelante, alcanzamos unas rocas que hacen las veces de mirador y vemos todo el valle en su esplendor con el gigantesco domo del Mulhacén frente a nosotros.

No impresiona tanto como otras montañas que he escalado dado que sus formas desde el sur son muy redondeadas y se ven accesibles. Pero su altura sobresaliendo por encima de todo lo demás si que asusta por un instante, y ello hace pensar en la posible paliza que uno se va a meter para llegar a rozar el cielo desde su cumbre. Mi intención siempre fue realizar esta montaña en invierno, pero me ha resultado imposible por unas razones o por otras y tengo claro que, o lo hago ahora, o voy a tener que posponerlo aún más.

Soy consciente de cuanto cambiaría el paisaje en enero o febrero y me digo a mi mismo que volveré para subir allá arriba como se merece. Quien sabe… quizás entrene un poco y me anime con la mucho más alpina y renombrada cara norte.

Seguimos camino tomándonos el trayecto como un paseo sin apenas dificultad, poniéndonos al día con temas que, al no vernos desde hace tiempo, siguen en el tintero, y disfrutando de las vistas.

Estamos en Andalucía; hace calor. Pero, afortunadamente, sopla algo de aire y el camino se hace más cómodo de lo esperado.

Atravesamos algunas praderas y vemos algunos pequeños roquedos desparramarse por las laderas hasta la línea de bosque que va quedando a nuestros pies y que desaparece según nos adentramos en el reino del gigante nazarí. Vemos el refugio a lo lejos y algunas marcas que nos indican la distancia que nos queda hasta que, finalmente, alcanzamos de nuevo una pista forestal. En este caso, es la que nos conducirá sin más hasta el nuestra meta de hoy.

El camino desde aquí es aún más cómodo si cabe, aunque nos da rabia tener que perder altura para, mañana, tener que recuperarla.

Somos conscientes que las cosas se construyen donde se puede. Pero es cierto que el refugio podría estar algo más elevado y no obligarte a perder casi 150 m. de desnivel hasta los 2.500 m. Es lo que hay y vamos bajando mientras escuchamos el agua de una pequeña cascada que nos sorprende con su saludo en un giro del camino al tiempo que un mastín, quizás del refugio, nos sobrepasa contento buscando quizás algún animal con el que jugar.

El camino nos lleva hasta una construcción ganadera que dejaremos a nuestra izquierda para llegar al fin al refugio por la derecha.

Aquí nos detenemos. No hay mucha gente. A pesar de ser verano, mañana es día laborable y no todo el mundo puede permitirse “escaquearse” un par de días. Así que no hay apenas gente.

Nos aseamos y disfrutamos de las sensaciones que solo un refugio de montaña puede aportarte. Quien haya estado en uno sabe a qué me refiero. Este, en concreto, está guardado por una gente estupenda que nos da muchas facilidades para levantarnos mañana antes que nadie y, aún así, poder desayunar. A la hora de la cena, compartimos mesa con gente que, sinceramente, posee un currículum alpinista de primera categoría: Alpes, Himalaya, Alaska… Ante este tipo de gente no te sientes empequeñecido, pero si prefieres simplemente escuchar “a ver quien la tiene más grande” y tratas de aprender.

Yo, por mi parte, estoy que me caigo de sueño ya que llevo despierto por razones personales desde las cuatro y media de la mañana. Así que, me limito a hacer un par de fotos del camino que tomaremos mañana y, tras la cena, me meto en el catre para tratar de descansar lo más posible.

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Día 2:

Las horas han transcurrido tranquilas y diez minutos antes de las seis de la mañana nos hemos levantado para recoger nuestras cosas y desayunar algo.

Aún es de noche, aunque la claridad de la luna llena ilumina las montañas haciendo que se pueda caminar sin un frontal enganchado en la cabeza. Esta luz tiene algo de mágico. Algo que solo experimento cuando estoy aquí arriba.

A estas horas hace fresco. Más del imaginado. Madrugamos tanto para intentar ascender todo lo posible en zona de sombra y que el sol andalusí no nos castigue en demasía. Aunque, por otra parte, también para intentar obtener el regalo de estar solos en la cumbre. Al ser temporada estival y ser tan fácil el acceso desde la pista forestal superior, imaginamos que la cumbre no tardará en verse poblada por montañeros e incluso turistas.

Así, nos ponemos en marcha dejando la fuente del refugio a nuestra derecha y encaminándonos al río Mulhacén. En este momento hago una aclaración: en las fechas en que nosotros estuvimos, el refugio tenía un problema con su depósito de agua. Al estar contaminado, por decreto del Parque Nacional el agua del refugio no podía utilizarse para rellenar las cantimploras, por lo que tuvimos que comprar agua embotellada para ir bien aprovisionados.

En unos cinco minutos llegamos al río y decidimos cambiar a la vertiente izquierda del mismo para ascender. Según uno de nuestros contertulios de anoche, el camino es más cómodo. Sin tanta roca suelta ni arena.

Efectivamente, el camino es más cómodo y estamos contentos con haber acertado al elegir esta vía de ascensión. Nos adentra en el reino de la Alta Montaña, rodeados de verdor, de frescor y de agua.

El camino poco a poco nos va haciendo ganar altura sin mayores incidentes. Ayer casi no vimos animales… pero hoy, hasta el momento al menos, ya hemos disfrutado de la compañía de varios cuervos que nos han saludado en nuestra aventura. El agua del naciente río nos arrulla en nuestro devenir. Calma mi espíritu e inspiro su aroma que me hace olvidar cualquier cuestión relativa al tiempo o al ritmo de ascensión.

Comienza a amanecer y veo el Mulhacén esperando regio por encima de mi.

A mi izquierda quedan los reflejos de la Laguna del Majano. Por detrás, la Sierra de Lújar se tiñe de púrpuras y cobres. Más allá… el Mar Mediterráneo.

El curso del agua desaparece pero sus huellas permanecen a la sombra del omnipresente Mulhacén. En estas umbrías de verdor descubrimos al endemismo más característico de Sierra Nevada. Una flor que solo se encuentra en estos lugares y, así como el Edelweiss es el símbolo vivo de Los Alpes y el alpinismo, esta debería ser el blasón de todo montañero español. Se trata de la hermosísima y muy española… Estrella de las Nieves.

Siempre he dicho que la montaña es dura. Te hace sudar, y a veces pagar, el acceso a sus secretos. Pero siempre… siempre… te regala algo.

En este caso, ya son varios los regalos; y, a parte de la próxima cumbre y sus vistas, sin duda me llevaré este conmigo por encima de todos.

Llegamos al fin a las proximidades del Collado de la Mosca, donde nos encontramos de nuevo con la pista forestal que recorre casi todo el macizo desde Capileira hasta, prácticamente, la cumbre del Veleta. Paramos unos minutos a beber agua y a contemplar estos primeros tresmiles de Loma Pelada (3.183 m.) y el Puntal de la Caldera (3.222 m.). Un poco más adelante se encuentra la Laguna de la Caldera con su refugio-vivac algo por encima. Un punto en donde teníamos previsto dormir si al final acometíamos la ascensión al Veleta, pero que tendremos que dejar para mejor ocasión.

Desde este lugar comienza lo más exigente de lo que llevamos de ruta: encaramarnos a la cumbre. Desde el Collado de la Mosca parte un sendero algo más tendido en su inicio, pero yo decido tomar uno que tenemos justo en frente y que, aunque nos exigirá algo más en los primeros metros, terminará por enlazarse igualmente con este primero.

Así, empezamos a ascender adquiriendo un ritmo lento pero constante. Creo que vamos bien de tiempo. En aproximadamente una hora y media hemos llegado desde el refugio hasta aquí y más adelante descubriremos que nos nos va a llevar más que una hora, u hora y cuarto, para llegar al techo peninsular. Nuestro ritmo es, en realidad, muy bueno.

Caminamos “con el motor diesel” por la cresta que va dejando atrás a La Caldera y perfila la famosa cara norte del Mulhacén, una pared clásica de 400-500 m. para todo alpinista que se precie de serlo y que yo tendré que dejar todavía pendiente para mejor ocasión.

Desde que sobrepasamos la “cota tresmil” tengo la sensación de caminar por un paisaje “marciano”. Al haber una ausencia total de vegetación, el terreno rojizo con escoria rocosa diseminada por la superficie… ese aire casi desértico que no me parece haber visto en macizos más septentrionales… me evoca esos paisajes extraterrestres que tantas veces he visto en fotos de la NASA.

Juan Carlos se va quedando poco a poco atrás. Hace tiempo que no se pega estas palizas y, sumado a sus problemas de rodilla, le hacen tomarse descansos cada ciertos metros para no quemarse mucho. Yo sigo hacia arriba, más fuerte de lo que inicialmente había supuesto. Disfrutando de cada paso. Saboreando el frescor de la mañana. Viendo la silueta de mi objetivo perfilar el valle que voy dejando abajo y deleitándome con ese paisaje que lentamente va quedando a mis pies.

Para quien se plantee que estos esfuerzos, y a veces sufrimientos, no merecen la pena… no está hecho, efectivamente, para apreciar este lugar y lo que él te aporta en realidad. No lo entenderá jamás. No necesito explicarme. Solo se lo que siento aquí, al casi tocar el cielo…

Polvo, nieve, sol y lluvia
es camino de montaña.
Montañero, ¿quién te llama?

Todo lo veo al caminar,
y es un gozo verlo todo,
mas la voz que a mi me llama
la siento mucho más hondo…

Al fin veo el sol acariciar las rocas con sus destellos. Me percibo cerca de la cumbre.

Con un par de pasos más me encaramo a la cresta final. Es muy cómoda y redondeada. Numerosas ruinas de casas salpican la zona y se antojan como privilegiados vivacs para ver el sol despertar y acostarse desde ellos.

Unos pocos metros y llego a la cumbre en solitario. Por unos minutos estos allí sin más compañía que yo mismo y el cielo. Ni siquiera un trazo de nube interrumpe mi visión.

Estoy en la cumbre de la segunda cumbre más prominente de la Europa continental (la tercera de toda Europa si incluyo al Etna, en la isla de Sicilia). Estoy por encima de cualquier ser humano que se encuentre al oeste del continente. Tendría que viajar casi mil ochocientos kilómetros, hacia los Alpes, para encontrar una cumbre más alta, aunque no más prominente: el Monviso (3.841 m.) en los Alpes Cocios. Y unos mil novecientos hacia el sur para encontrar uno más elevado dentro del territorio español: el Teide (3.718 m.), el rey de nuestras montañas.

La sensación es indescriptible.

Me giro y veo a mi amigo llegar tras de mi. Ambos aullamos al cielo antes de encaramarnos juntos por encima de la Virgen de las Nieves hasta el vértice geodésico y contemplar satisfechos todo el macizo, la Laguna de la Mosca o la de Hondera a nuestros pies, Granada con su Alhambra tras las pequeñas serranías que se ven hacia el noroeste, el Mediterráneo hacia el sur por donde bajaremos…

Ha sido una ascensión cómoda a pesar del esfuerzo. Por esta vertiente, quizás el tresmil más sencillo que he coronado a pesar de la altura.

Pasamos un rato en soledad comiendo algo y aligerando ropa ya que, a pesar del viento fresco, el sol ya calienta algo. Unas cabras nos sorprenden al fin en la cumbre. No estamos finalmente solos y vemos algo de esa, hasta ahora, esquiva fauna.

Tras casi veinte minutos por aquí, con algo de pesar, comenzamos a descender. El camino es aún largo y es a partir de este momento cuando nuestras rodillas van a empezar a sufrir de verdad.

La bajada es muy cómoda no obstante. Enseguida vemos al primer montañero que va de camino a la cumbre. Le animamos, ya que él también va a estar solo; aunque no por mucho tiempo porque ya se ve gente llegando desde el Alto del Chorrillo donde les ha dejado el minibús que llega desde Capileira. Nosotros seguimos la trocha y pasamos por el segundo tresmil del día: el Mulhacén II (3.362 m.). Yo no lo consideraría ni siquiera un pico, ni un hombro de la montaña. Pero al estar marcado con un vértice geodésico por el IGN, es otra muesca que le haces al bastón.

Desde aquí, el sendero se vuelve más pronunciado aunque es sin duda más cómodo para recorrer de ida y vuelta que el que hemos usado nosotros para ascender. Ya vemos la pista que nos llevará hasta el coche delante de nosotros. La idea es, aunque sea más aburrido, no volver por el “PR” sino recorrer esta vía para asomarnos al Mirador de Trévelez y caminar un poco más cómodos, dando así algo de tregua a las rodillas.

Mientras bajamos nos terminaremos encontrando con unas quince o veinte personas, en total, subiendo hacia la cumbre. La mayoría de ellas… “guiris”. Me sorprende que, a pesar de la facilidad de esta ascensión, las agencias les vendan esto como una actividad interesante y “fácil”. Después de todo, estamos a una altura en donde te puede empezar a dar mal de altura sin ningún tipo de aviso (y el calor, además, no ayudaría). Vemos a una chica minusválida que trata de ascender del brazo de sus padres. No deja de sorprenderme y admirarme… estoy seguro de que lo conseguirá aunque tarde el doble que los demás; y, por un momento, me llena el pecho de una satisfacción insospechada el encontrar a gente con semejante valor (que algunos llamarían inconsciencia). Inconsciencia es, quizás, la de unos hippies que encontraremos más adelante internándose por aquí con los pies descalzos y mochilas enormes.

Al fin llegamos a la pista donde bebemos algo de agua (la verdad es que, al haber hecho casi todo el esfuerzo en sombra y con “la fresca” del amanecer, casi no hemos consumido líquido) y seguimos adelante dejando tras de nosotros el Alto del Chorrillo con sus 2.721 m. Nos asomamos hacia Trévelez para ver ese otro valle, más amplio y verde que el de Capileira, y recorremos la pista cruzándonos en una ocasión con el pequeño minibus que sube a los turistas hasta el comienzo de la trocha de ascenso.

No se… no creo que sea forma de hacer montaña. Ni de honrarla…

Cuando al fin nos cruzamos con el cortafuegos del Puerto Molina, donde hay además una pequeña área de interpretación de las altas cumbres, abandonamos la pista para recuperar de nuevo el trazado del “PR” que nos llevará con sus marcas blancas y amarillas a través del pinar hasta el coche.

Esperando a que nos sirvan una cervecita y un salmorejo en el pueblo, pienso en lo afortunados que somos: hemos tocado sin incidentes el techo peninsular. Un símbolo del montañismo español. Y yo tacho una cumbre más, aunque no menos especial, de mi proyecto particular de cumbres de España deseando llegar a casa para contárselo a la familia y disfrutar con ellos como solo logro cada vez que cargo las pilas en las montañas.

No les merezco…

Dejamos después el macizo sin haber encontrado el tesoro ni la tumba de Mulay Hacén. Pero nos llevamos otras muchas riquezas menos tangibles, pero más enriquecedoras, en nuestro interior. Echando de menos a nuestro estimado amigo Gonzalo que no ha podido estar con nosotros en esta ocasión, pero celebrando y renovando la amistad de nuestra pequeña cordada en donde, a lo largo de los años, si sube uno… hemos subido todos.

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A Santiago …
Tus pasos escogerán tu senda, y tus huellas dejarán constancia de tu paso, pero esta será siempre tu montaña…

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