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Peña Amaya

Peña Amaya es un macizo montañoso de 1.377 metros de altura situado al noroeste de la provincia de Burgos. Su cima es un pequeño páramo (o “lora”) delimitado por grandes cortados calizos desde los que se divisa una amplia llanura, hacia el sur, del inicio de Tierra de Campos. La silueta de la Peña Amaya rompe la línea horizontal que caracteriza los páramos castellanos siendo el comienzo de la Cornisa Cantábrica; de aquí hacia el norte el paisaje cambia y el terreno se eleva hasta los Picos de Europa. Todo el entorno comparte una misma historia geológica y son frecuentes las cuevas y surgencias, llamando la atención las originales formas que adquieren sus relieves. Se conoce a la zona como la Reserva Geológica de Las Loras.

Aún se conservan restos arqueológicos sobre Peña Amaya, poblada desde tiempo inmemorial dada su condición de inexpugnabilidad. Se puede observar la trinchera de acceso al castro cántabro de Amaya, posiblemente de época prerromana, así como una de las murallas defensivas. De esta época se han realizado varias catas arqueológicas en las cuales, entre otras piezas, se halló una estela hispanorromana del siglo III dedicada por una viuda a su difunto esposo.

Ya de época posterior, las ruinas del pueblo medieval que, tal vez, reaprovechó estructuras más antiguas, las murallas que defendieron El Castillo (1.314 m.) y, en la cima, apenas vestigios de la imponente fortaleza que señoreó Amaya.

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Localización: Amaya

Tipo de Ruta: Montañismo

Longitud: 12 kilómetros (aproximadamente)

Duración: 3 horas (sin paradas)

Época recomendada: Todo el año (dependiendo del clima)

Dificultad MIDE:  → mide_PeñaAmaya

Equipación mínima: Bastón, mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Peña Amaya

Recomendaciones:

  • Aunque hay arroyos es recomendable llevar agua en la mochila. Sobretodo en verano.
  • Según la época del año, la zona suele estar salpicada de nieblas y/o precipitaciones. Aunque el camino no reviste dificultad, conviene consultar la meteorología y saber usar una brújula para no acercarse demasiado a los acantilados.
  • Hay que prestar mucha atención a las señalizaciones de PR (casi borradas) y a los hitos que marcan los caminos a seguir para ascender y/o descender de La Muela.

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Se dice que el nombre de «Amaya» (o «Amaia») quiere decir «am(ma)» o «madre». De ahí que se especule con que aquí estuvo la «ciudad madre» o «capital» de los antiguos cántabros. En euskera vizcaíno Amaia significa «el límite, el fin» o «la frontera». De aquí en adelante… empezaba Roma.

Puede que se trate tan solo de una leyenda y nada sea del todo cierto. Jamás se ha demostrado del todo.

Tampoco se trata de una montaña especialmente alta.

Y seguramente las haya más hermosas…

Pero no siempre se trata de eso. Perseguir el aura de misterio e historia es otra de esas cosas que nos atrae de algunas montañas… tan míticas como esta.

Peña Amaya

Por ello he hecho 300 km para recorrer sus caminos y, si la noche se me echa encima, dormir en sus brazos.

Tras un monótono viaje por autovía recorro la carretera que lleva de Sasamón a Amaya, sorprendiéndome con la belleza de estas tierras cerealistas y de los olmos que se abalanzan sobre la carretera, cobijándome del sol.

Amaya es un pueblo pequeño, casi desierto a estas horas de la tarde.

Fuente de AmayaSubo hasta su iglesia, con esa preciosa y “especial” fuente de piedra para seguir las marcas del PRC-BU 200 que me llevarán hasta el aparcamiento desde donde entraré a la parte principal de la montaña.

El camino es una amplia pista forestal que se realiza cómodamente. Además, el día acompaña y, salvo algo de viento (habitual aquí ya que es la primera defensa del norte contra todo lo que venga desde el sur), la jornada promete tranquila. Lo cual es bueno ya que la zona suele acogerse de nieblas que hacen que esta ruta deba tomarse con precaución.

Llego al fin al aparcamiento y contemplo frente a mi la llamada “Trinchera“. El único acceso amplio a esta mole caliza y por donde todos los ejércitos que trataron de conquistarla tuvieron que pasar.

La Trinchera

Yo subo hoy en absoluta soledad.

No puedo evitar dejar volar mi imaginación mientras lo hago, pensando en como los antiguos cántabros defendían esta entrada ante el envite de romanos, visigodos o árabes. Repito que es muy discutido si sobre esta roca se encontraba la llamada “Capital de los Cántabros“, pero si que se considera un punto de reunión de algún tipo de consejo de aquellos clanes debido a su localización estratégica y su consideración de “inconquistable”.

A mi izquierda veo la serranía de Albacastro y quedo encantado del paisaje que contemplo.

Panoramica de Albacastro

Creo trasladarme a otros tiempos… a otras épocas.

Cuando llego a la primera de las plataformas calcáreas, el primer escalón que conforma el macizo, la enorme mole del Castillo se alza sobre mi. Como en esas “películas del oeste” en que los cowboys cabalgan por Monument Valley.

A mi derecha veo una cabaña de vigilancia que el guarda ha abandonado momentáneamente, seguramente para bajar al pueblo a comer.

Caseta & Castillo

Yo continúo en dirección a una rocas para descubrir enseguida que me hallo entre los restos del castro de Amaya. Nada más que esto queda de lo que una vez fue una orgullosa ciudad.

Resulta difícil distinguir restos claros o formaciones, calles o casas. Pero luego, a la bajada, la perspectiva cambiará un poco y será más fácil hacerse una idea de como podía ser esta población.

Por el momento, yo atravieso el castro y, Castro de Amayaaunque no me creáis, el viento ulula en mis oídos como si quisiera hablarme. Como si voces antiguas me susurraran algo que no acierto a entender. Siempre me he sentido muy orgulloso de donde vengo, de mi historia familiar (por humilde que, en apariencia, pudiera parecer). Y por un instante creo que algún antepasado me anima a seguir sus pasos por estos páramos.

Dejo atrás las ruinas de la muralla y rodeo la masa del Castillo por el sur hasta encontrar una canalización de agua, junto al Arroyo de Hongarrera, que conduce hasta una especie de represa que a principios del siglo XX pretendió usarse como central hidroeléctrica para abastecer de luz a los pueblos de la zona.

Aquí ya puedo contemplar los cortados de la segunda de las plataformas calcáreas conocida como “La Muela”. Resultan impresionantes y no parece que estén situados en el lugar en el que están, sino en los más profundo de una cordillera de más envergadura.

Inmediatamente me atrae escalarlos, pero el lugar es una zona ZEPA y seguramente la escalada está prohibida debido a la nidificación de aves.

En cuanto crucéis el arroyo debéis prestar mucha atención a las señales (prácticamente borradas) o a los hitos del camino.

Acceso a La Muela

Usad como referencia esta fotografía y la roca desprendida porque, aunque podréis subir a La Muela por otros puntos, este es el primero y más cómodo que encontraréis.

Siguiendo esos hitos remonto una pedrera de roca descompuesta hasta la base de una canal que me obliga a usar las manos, pero que no reviste ninguna dificultad especial.

Es más, el ir encajonado entre las piedras e incluso encontrar alguna culebrilla en mi camino lo hace sumamente divertido.

Canal de ascenso

Casi arriba de este “segundo escalón” encuentro unos acebos que me dan algo de sombra antes de alzarme sobre los primeros cortados.

Frente a mi, el Collado del Castillo, que cruzaré cuando regrese.

A pesar de la modestia aparente de este lugar, las vistas son increíbles.

Panoramica Collado del Castillo

Doy la vuelta y me adentro en el páramo principal del macizo. Estoy sobre La Muela (hay que decir que, desde abajo, su nombre le hace justicia) y el lugar se revela como un sitio inhóspito. Seco. Aparentemente estéril.

Sin embargo, algunos chozos de piedra (que pueden servir como guía para encaminarse hacia la cumbre en caso de neblinas) me hacen pensar que, de algún modo, el ganado se ha subido hasta aquí. Quizás, en tiempo inmemorial, durante épocas de asedio; lo cual otorgaba a Amaya de otro punto a favor para su defensa: la autosuficiencia.

Panoramica del Paramo de La Muela

Si antes apenas podías hablar de dificultades técnicas, ahora ya no mencionaríamos ninguna. tan solo la evidente precaución de no acercarse mucho a los acantilados para no despeñarse por ellos (más si hay niebla).

Luego, el guarda con que me encontraré, me comentará que alguno ha tenido que ser rescatado por “enriscarse” para subir o bajar de aquí. Y que, aunque hace ya mucho tiempo, también las murallas de Amaya se han cobrado sus vidas debido a las imprudencias.

Yo decido acercarme a esos cortados en busca de una cueva llamada “de los Muertos”.

Tengo tiempo de sobra y no hace falta encaminarse a la evidente cumbre tan rápido.

Acantilados

Tras un rato deambulando, descubro una nueva canal que me permitiría descender o ascender por ella (de hecho, lo hago para explorar un poco) pero, aunque veo algunas cavidades, no logro descubrir la citada cueva.

Tampoco es mi objetivo principal, así que desisto de gastar más minutos y fuerzas y me encamino hacia el vértice geodésico que marca la cumbre de Peña Amaya.

A mi derecha las mesetas y tesos de Masa y el Cañón del Ebro. Los molinos de viento que normalmente flanquean imponentes un viaje a Cantabria desde Burgos parecen hoy de juguete desde aquí. En el horizonte, distingo las montañas de Alto Campoo y a su lado, ahora frente a mi, se distinguen las primeras alturas de los Picos de Europa en su vertiente Palentina.

Montaña Palentina

Puedo discernir las colosales cumbres del Espiguete, con su característica forma piramidal, o el Curavacas desde aquí. Pendientes de ascender hoy en día, pero no muy lejana mi intención de visitarlos…

Al fin llego a la cumbre, donde un último chozo y un pequeño buzón de cumbre acompañan al vértice.

Siento algo especial al llegar aquí. No podría explicarlo.

Ya no solo por su significado histórico o sentimental. Sino por el hecho de haberlo intentado tres veces y no haberlo conseguido por problemas mecánicos que hicieron, tras muchos años de compañía y montañas, “dejar partir” a mi primer coche por uno más moderno.

Cumbre de Peña Amaya

Permanezco un rato viendo volar a las rapaces que son hoy los únicos habitantes de estas rocas y dejándome envolver por el absoluto silencio que reina que en el lugar. Ese silencio que tanto añoro a veces.

Tras beber un poco me pongo de nuevo en movimiento, esta vez por la cara norte que da al Valle de Valdeamaya. El descenso se hace por este lado para llegar directamente al Collado del Castillo.

No obstante, apenas veo hitos que marquen el camino a seguir hasta casi llegado un bosquete de acebos.

Hito & El Castillo

Aquí debéis prestar nuevamente atención porque, aunque hay varios puntos para bajar podéis llegar hasta el final de La Muela donde acabaríais “enriscados”.

Vigilad los hitos y buscad un camino en donde unas estacas de hierro, e incluso una cuerda, os facilitarán el descenso hasta una cómoda vereda que transcurre junto a los paredones.

A pesar que yo encuentro las cuerdas en buen estado, conviene asegurar cada agarre por si las inclemencias del tiempo han sacado alguna estaca o han deteriorado el material.

Cuerdas de descenso

A partir de este punto ya todo vuelve a ser sencillo.

La trocha transcurre por la cara norte del Castillo hasta volver a La Trinchera. Pero yo decido auparme a lo más alto de esta enorme roca. No quiero irme de aquí sin ver donde estuvo, supuestamente, el castillo que gobernaba Amaya.

Por una pequeña pradera aún verde se puede ver el camino de subida, mientras que a su izquierda se observa una brecha en la pared que alberga en su interior una cueva. No se si se trata de la llamada “Cueva del Castillo” porque esa parece estar más en la cara sur, pero no puedo evitar adentrarme por un minuto en ella antes de subir a esta segunda cumbre.

Subida al Castillo

Al llegar arriba, con la Muela tras de mi, tan solo descubro los restos de un pequeño muro y varios montones de piedra apilados en torno a una enorme dolina.

Nada queda de la orgullosa fortaleza que debió regir los destinos de los habitantes que se hallaban a sus pies. Perdida en las brumas del tiempo.

Todo es hoy desolación.

Todo es recuerdo y leyenda…

Panoramica cima del Castillo

Ya no me queda nada más por hacer aquí.

Inicio el descenso y poco a poco me alejo de la llamada “Capital de los Cántabros“.

Queda marcada dentro de mi, igual que en otros pocos, que mantendremos vivo su recuerdo… asolado por distintos conquistadores. Así, mientras termino estas lineas solo me queda decir de Amaya, usando las últimas palabras de Augusto, Princeps de Roma…

blanco

Acta est fabula, plaudite…

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