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Pico Casillas

El Pico Casillas o del Mirlo (1.768 m) puede considerarse el comienzo de las alturas de la Sierra de Gredos por su vertiente este. Situado en la frontera entre Madrid y Ávila este es un pico sencillo de subir y que proporciona unas increíbles vistas del valle de San Martín de Valdeiglesias, plagado de viñedos hasta donde alcanza la vista.

También pueden contemplarse los picos más altos de la Sierra de Gredos (al oeste) o Guadarrama (al norte) según hacia donde nos orientemos.

Existen dos posibles vías de ascenso:

  1. Desde el pueblo de Casillas existe una pista forestal que puede incluso recorrerse, con cierto cuidado, en coche y que nos acerca prácticamente hasta la cima.
  2. Desde el pueblo de El Tiemblo, atravesando el magnífico y centenario Castañar de El Tiemblo, paraje que, sin duda, merece la pena recorrer en otoño. Por esta ruta, algo más larga pero sin duda más bonita, podemos detenernos antes de iniciar la ascensión en Los Toros de Guisando, último vestigio del arte prehistórico vetón.

…y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,

mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.

Nosotros decidimos hacer esta segunda ruta, puesto que la primera ya la exploramos hace algunos años y no tiene mucho misterio. Aquí teneis los datos de la ruta:

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Localización: El Tiemblo

Tipo de Ruta: Montañismo

Longitud: 20 kilómetros (aproximadamente)

Duración: 6 horas

Época recomendada: Todo el año

Dificultad MIDE:  → mide_PicoCasillas

Equipación mínima: Bastón (raquetas), mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Pico Casillas

Recomendaciones:

  • No hay agua potable en el recorrido, salvo en algunos puntos difíciles de encontrar, así que es recomendable llevar al menos 2 l. agua en la mochila.
  • Es interesante acercarse (aunque nos desviemos un poco de la ruta) por el Pozo de las Nieves, para ver un viejo depósito de nieve que las gentes de El Tiemblo usaban para almacenar agua para el verano.
  • La ruta comienza en el Castañar de El Tiemblo, paraje maravilloso de mil tonalidades que merece la pena ver en otoño. Para acceder hasta el parking donde dejaremos el coche hay que pagar seis euros por coche y dos euros por persona, en el mismo pueblo.

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En otoño, el Castañar de El Tiemblo viste sus mejores galas: ocres, amarillos y verdes para crear un escenario de ensueño, un paisaje recogido, húmedo y misterioso, habitado, desde hace cientos de años, por los mas formidables castaños de todo Gredos.

Se cuentan por decenas. Son ejemplares centenarios, enormes, macizos. Sus raíces gigantescas y su piel rugosa les confieren un aire ilustre y venerable. Su tamaño, descomunal, intimida a quien se acerca. No es raro encontrar troncos huecos, fulminados por algún rayo, donde los duendes del bosque podrían construir ciudades enteras.

Castaños en Otoño
Este lugar es uno de esos rincones secretos que se acomodan en la memoria para hacernos volver una y otra vez. Recorrerlo durante las tranquilas tardes del otoño, cuando la suave luz del sol acompaña sin quemar, es, además, una puesta a punto para los sentidos, un autentico festín para la vista, el olfato y el tacto.

Sin embargo, hoy lo recorremos en pleno verano. Y con otras intenciones de las que nos empujaron aquí hace un tiempo. Hace calor, y la humedad casi perenne del bosque no ayuda mucho a aliviarlo. Casi resulta incomoda en nuestros pasos iniciales hacia las primeras cumbres de Gredos.

Hemos decidido subir esta montaña no por su dificultad o por lo hermoso del paisaje (que ya conocemos) sino por nuestro compañero Gonzalo. Lleva algunos años trabajándo como enólogo en una bodega de Cadalso de los Vídrios, y las viñas que supervisa se hallan al pie de estos montes. Para él significa algo especial el poder subirlo; y para mi supone quitarme un poco el “gusanillo” de partir al campo.

Qué más se puede decir…

Nos acompañan más amigos que quizás han venido un poco engañados con la duración de la travesía. Solo espero que no les pase factura, porque estoy seguro de que el paraje les va a encantar.

Dejamos detrás nuestro el Embalse de la Hinchona y continuamos por la pista forestal hasta el parking de El Regajo (no continuéis hacia el parking de la Poza de la Nieves si venís en coche). Aparcamos los coches y comenzamos a caminar hacia el sureste, rumbo a la Era del Corcho desde donde seguiremos una valla metálica hacia el sur, que nos conduce por todo el cordal hasta el Pico Casillas.

El camino no está muy bien marcado, aunque tampoco tiene mucho misterio. Entre el follaje se divisa la cima de nuestro objetivo, y el rumbo no tiene mucha pérdida.

Cima entre las copas
Mientras caminamos entre los árboles, a la vera de sus sombras, creo que puedo sentir la energía de estos maravillosos seres. Los árboles representan la generosidad: muchos ya estaban antes que yo llegara, y también estarán cuando yo me vaya. Nos dan oxígeno, sombra, madera, fruto… y también sabiduría serena.

Hoyamos tierra plagada de hojas y castañas desprendidas. Por encima de nuestras cabezas sobrevuela algún aguilucho y puede que algún buitre negro. Quizás mis compañeros no lo aprecien como yo, pero siempre pienso que todo esto nos pone en contacto con la energía de la Tierra, nos ayuda a contactar con la naturaleza (sobretodo después de una semana dura en nuestras vidas cotidianas). Puesto de cazadores

En las copas de algunos árboles podemos ver rudimentarias plataformas donde los cazadores se apostan acechando a sus presas. Escaleras de madera suben hasta las ramas más altas. No puedo evitar en pensar en las casitas de los árboles de los niños yanquis, o en los flets de los elfos de Tolkien… salvando mucha, mucha distancia.

Sin embargo, aunque seguro que robustas, a mi no me dan mucha confianza para trepar hasta ellas.

Continuamos nuestro camino, superando un desnivel de unos 200 metros, hasta llegar a la base de la montaña. Aquí se acaba lo bueno. El cobijo de los árboles desaparece y el pedregal y los arbustos marcan el terreno.

Iniciamos la subida de la primera de las cuestas y empezamos a sentir como el sol nos quema la piel, y las piedras las piernas.

Es algo durillo, pero no tardamos en llegar a un primer repecho donde hacemos nuestra primera parada en el camino para beber agua y reponer fuerzas.

Vamos todos más o menos bien. Cada uno a su ritmo, pero sin pausa.

Al cabo de un rato, nos volvemos a poner en marcha y abandonamos el camino principal para atajar campo a través. De ese modo nos libraremos del engorro que supone caminar entre los cantos.

Charlie, Gonzalo y yo tomamos la delantera y deambulamos entre “escobas” intentando no pincharnos mucho con ellas. En pocos minutos llegamos a un prado donde varias vacas y caballos pastan con tranquilidad.

Detrás nuestro, Inma y Ana nos siguen a buen ritmo. Me sorprende gratamente el que no nos pierdan el paso. Algo más alejados, Paco e Irene las siguen.

Vemos la cima a pocos metros de nosotros, pero con el calor que hace preferimos no hacer muchas locuras gastando energía, y seguimos el camino para dar un rodeo que nos lleve hasta allí sin tanto esfuerzo. Me gustaría montar alguno de esos caballos para llegar, pero creo que al pastor que descansa a la sombra de un solitario árbol no le haría mucha gracia.

Ganado
Asustamos algunas vacas en nuestro devenir antes de salirnos otra vez del camino para atajar hasta la cima.

La recuerdo perfectamente de la vez anterior. El vértice geodésico se alza imponente, blanco, hacia el cielo. Las tierras de Madrid, verdes y vino, se extienden hacia el horizonte. Gonzalo cree distinguir las fincas donde trabaja.

Panorámica hacia Madrid
Hacia el oeste, más allá del Cerro Escusa (1.960 m.), salpicado de un hermoso color amarillo, se extiende la sierra de Gredos en todo su esplendor. Las nubes cubren el macizo central y a un viejo conocido… el Almanzor.

Panoramica hacia Gredos
Tras hacernos las fotos de rigor, iniciamos el descenso hacia el Cerro de la Encinilla para seguir desde ahí hasta los coches.

La verdad es que en estas alturas la sensación térmica es más agradable que en cotas más bajas, porque corre algo de aire fresco. Pero es una ilusión. El sol está pegando fuerte y nos estamos quedando sin agua. Debemos descender para encontrar algún manantial y almorzar.

Según mi mapa, debería haber una fuente en el collado. Espero que podamos encontrarla.

La bajada hasta allí resulta un poco tediosa porque todos empezamos a notar hambre en el estómago y, más aún: sed en la garganta. Personalmente me preocupa la escasez de agua. Podemos llegar perfectamente hasta los coches o incluso hasta encontrar el nacimiento del Arroyo de la Yedra, donde poder llenar las cantimploras, pero cada paso en esta situación puede hacerse más y más pesado.

Pozo de las NievesDivisamos un pequeño arroyo donde algo de ganado pasta tranquilamente. Cerca de allí, en el Prado de la Manga, el llamado Pozo de las Nieves (lugar donde antiguamente se almacenaba la nieve en invierno, para abastecer de agua al pueblo) nos da un pequeño respiro de sombra y relajación; aunque no encontramos ninguna fuente.

Nuestro último recurso es bajar unos metros más hasta una caballeriza abandonada, donde nos ha parecido ver un pilón de agua.

Afortunadamente, el lugar es el nacimiento de un manantial que nos provee del agua fresca suficiente como para llegar al final de nuestra ruta.

Tras comer a la sombra de unos robles continuamos camino y volvemos a adentrarnos en el bosque. A partir de aquí el camino se nos antoja más sencillo y agradable de recorrer, protegidos por las ramas de los pinos y los robles. Es fantástico… Caminamos por un hermoso bosque mixto: robledales, pinares y castaños, más adelante, nos mecen con el sonido del viento a traves de sus hojas. Mientras descendemos hacia un área recreativa a donde pueden llegar los coches, la luz del sol va resultando cada vez más escasa y nos sabemos cerca del merecido descanso.

Si alguna vez decidís hacer esta ruta tened cuidado. Si seguís por la “gran pista” (lo suficientemente ancha para que quepa un coche) bajaréis bastante antes de encontrar el cruce con la pista principal. Nosotros creímos perdernos por allí y deshicimos parte del camino andado para cruzar el ríachuelo por una senda que sale a la derecha, algo más pequeña pero más bonita.

Esta senda (CR AV 54), que deberemos seguir en dirección norte, recorre gran parte del castañar y os llevará cerca del árbol más emblemático del bosque: el Abuelo. Un monumeto vegetal de 500 años que resiste el paso del tiempo, con sus 19 metros de alto y 16 de perímetro.

El Abuelo en verano
Una extraña sensación me recorre mientras contemplo su corteza seca, y sus retoños naciendo aún de ella. Estoy en la presencia del anciano señor del bosque. Seguro, rincón de leyendas olvidadas por el hombre. Algunas palabras me vienen a la cabeza mientras penetro con veneración en sus raíces…

Los hijos deben ser hijos
aun sobrados de potencia,
los padres deben ser padres
por muchos años que tengan.

Algo en este árbol me inspira un tremendo respeto. Se ha convertido en uno de mis rincones favoritos de estas sierras. Ahora, sin gente, se respira una paz muy difícil de expresar en palabras.

Me gustaría quedarme un rato a escuchar el canto del bosque, pero la gente está cansada y no digo nada. Continuamos el camino y dejamos atrás un viejo refugio de montaña, muy bien conservado, mientras seguimos asombrándonos del colosal bosque de raices ancestrales que nos rodea. Desde el Abuelo no tardamos ni diez minutos en llegar por fin a los coches.

Castañar
Quizás ha habido algunos momentos de despiste, pero hemos cubierto la ruta en el tiempo que yo tenía previsto. A Gonzalo le tocará lidiar con los demás sobre sus cálculos iniciales.

Yo ahora solo pienso en regresar otra vez por aquí, más tranquilo, para volver a perderme entre los árboles y quedarme “charlando” un rato con ellos, para descubrir las viejas historias que tienen que susurrarme…

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