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Zugspitze

El Zugspitze es, con 2.962 m., la montaña más alta de Alemania y marca la frontera entre esta y Austria. Por un lado, está localizada en la región de Grainau, distrito de Garmisch-Partenkirchen en el estado federal alemán de Baviera. Y por otro, en el lado austríaco, se localiza en la villa de Ehrwald, distrito de Reutte, en el estado del Tirol.

El Zugspitze es la cumbre mayor de su propio macizo, al cual también pertenecen las cumbres SchneefernerkopfWetterspitzen y Gatterl; y en sus laderas se encuentran también los glaciares alemanes del Schneeferner y el Höllentalferner. Durante mucho tiempo se dudó de si la altura del Zugspitze era de 2.960 o 2.970 metros (aunque algunas mediciones GPS recientes lo colocan por encima de los 3.000 m.), estando hoy la altura oficial en: 2962.06 metros, medida por la Oficina Estatal de Medición e Información Geológica de Baviera. Si se observa la montaña desde el lado austriaco, esta es 27 cm más alta debido a que en Austria se mide según el Mar Adriático (Triester Pegel) y en Alemania según el Nivel normal de Ámsterdam.

La primera persona en llegar a la cumbre fue el subteniente Josef Naus, quien ascendió por encargo del Real Instituto Topográfico Bávaro. Lo acompañaron el ayudante de medición Maier y el guía Johann Georg Deutschl. Así el 27 de agosto de 1820 pasó a la historia como la primera mención de una persona en la cumbre occidental (principal) del Zugspitze. No obstante, se asume que, debido a material cartográfico del año 1770, la cumbre ya había sido ascendida anteriormente por algunos lugareños.

Macizo del Zugspitze (cumbre principal a la derecha de la imagen)

Es una montaña tremendamente humanizada, con teleféricos, pistas de esquí, refugios, centros de investigación… ¡y hasta un tren y restaurantes en la cumbre! Por esto mismo, es una importante atracción turística que suele masificarse en muchas épocas del año. Si esperamos una cumbre tranquila de los Alpes, no la encontraremos aquí.

Si nos decidimos a hacer esta montaña como mandan los “canones”, a pie, existen tres vías “normales” a la cumbre (los comentarios que aportamos son solo para la temporada de verano):

  • Desde Austria:  utilizando el Ehrwalder Almbahn hasta los 1.500m y atravesando el Gatterl. Con alguna vía Ferrata, pero sencilla en general.
  • Desde Alemania: vía Höllental. La más rápida pero con Ferratas expuestas y atravesando un glaciar. Necesarios ciertos conocimientos de alpinismo y escalada.
  • Desde Alemania: vía Reintal. La más sencilla técnicamente, pero muy larga. Tan solo usamos la Ferrata de la cumbre.

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Localización: Garmisch-Partenkirchen (para nuestra ruta, empezaremos junto al Estadio Olímpico)

Tipo de Ruta: Alpinismo

Longitud: 23 kilómetros (aproximadamente)

Duración:

  • 3 – 4 horas hasta el Reintalangerhütte.
  • 6 – 7 horas desde el refugio hasta la cumbre

Época recomendada: Verano

Dificultad MIDE:  → 

Equipación mínima: Bastones, mochila, arnés y cabo de anclaje, crampones, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Zugspitze

Recomendaciones:

  • La vía Reintal (elegida por Iberotrek) es muy larga y, aunque es factible realizarla en un día, recomendamos disfrutarla en dos etapas. En la primera llegaremos hasta el refugio Reintalangerhütte para hacer noche en él, después de atravesar (por unos 4-5 €) el Partnachklamm; una hermosa y angosta garganta formada por el río Partnach de visita obligada.
  • A partir del refugio no encontraréis agua potable hasta localizar (en todo caso) el refugio de Knorrhütte (2.051 m.); así, es recomendable llevar al menos 2 o 3l de agua en la mochila. Una vez arriba, y quizás por primera y única vez en vuestra vida, podréis refrescaros con cerveza en la cumbre.
  • Si las condiciones meteorológicas o la época del año no inspiran confianza, o se decide afrontar la vía Höllental, conviene contratar un guía en la Escuela Alpina de Garmisch.
  • Desde el refugio, toda la parte elevada de la ruta está señalizada con marcas rojas. A pesar de que pueda existir nieve, no debería tener mucha pérdida ya que la traza suele ser evidente.
  • Para acceder a la cumbre, marcada con una cruz dorada, existe un cable (a modo de vía Ferrata) para dotar de seguridad al paso. No es necesario anclarnos a él si las condiciones son buenas (únicamente si las rocas están húmedas) y tenemos experiencia, no obstante recomendamos llevar un arnés y un cabo de anclaje para atarnos, por nuestra propia seguridad, ya que el paso de gente puede entorpecernos y las rocas está algo pulidas.
  • Si al final optamos por ser meros turistas, existe la posibilidad de acceder a la parte más alta del Zugspitze desde el tren llamado Bayerische Zugspitzbahn que enlaza en la estación de Sonnalpin con un teleférico hasta arriba; o, desde diciembre de 2017, con otro teleférico más directo que va desde la base de la montaña hasta (casi) la punta. Del lado austríaco es posible ascender con el Tiroler Zugspitzbahn. Pero, claro, insistimos en que cualquiera de estas opciones restaría la gracia de ascender la montaña por nuestros propios medios.
  • Por último: puede resultaros útil consultar la WEBCAM de la cumbre, y una de las webs meteorológicas que nosotros usamos para la ascensión: Wetter.de

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El riesgo de una decisión incorrecta es preferible al error de la indecisión.

Maimonides

Día 1:

Los Alpes tienen un encanto especial.

Cuantas veces habremos leído y soñado con las historias de los primeros aventureros que se atrevieron a adentrarse en ellos para alcanzar sus más altas cotas. Y cuanto llegan a enganchar cuando los ves por primera vez, como me sucedió a mí o a mi compañero Gonzalo tras nuestra visita al Macizo del Mont Blanc.

En esta ocasión no es a Francia o a Italia sino a Alemania que me he dirigido: a los Alpes Bávaros; y todo para cumplir con una ansiada meta que, en cierto modo, tiene que ver con este país al que he aprendido a apreciar dada mi relación marital.

Y he de decir que la región no me ha defraudado. A pesar de su poca altura en relación con otras zonas de la cordillera, estas montañas son hermosas y sorprendentemente abruptas. Parecen lanzadas hacia el cielo de manera muy vertical, desde los verdes y llanos valles bien cultivados en donde bien podría haber vivido la Heidi que describió Johanna Spyri en su famoso libro de finales del siglo XIX.

He de decir, sin embargo, que su recibimiento no ha sido nada halagüeño. Nubes negras parecen haber agarrado al macizo y sus montañas circundantes sin querer soltarlas, dotándolas de un aire más que amenazador, me han tenido intranquilo durante el par de días que llevo aquí. La espera… el “no saber si podré”… es algo que me mata, y casi no me deja ni comer.

Solo cuando confirmo mediante varias fuentes meteorológicas que tengo una ventana de buen tiempo de casi 48 horas, me arriesgo a ponerme en camino desde el estadio olímpico de Garmisch-Partenkirchen (desde donde aún se celebran los tradicionales “Saltos de Año Nuevo“), siguiendo una pista asfaltada que circula tras él, paralela al río Partnach.

Es un envite arriesgado porque no todos los medios de información se ponen de acuerdo con el próximo estado del clima, pero…

Me despido de mis hijos y mi mujer, no sin cierta desazón en las tripas, deseándome a mi mismo que la suerte me sea propicia y vuelva a su lado sin mayores incidentes.

 

Tras apenas veinte minutos de camino, rodeado de turistas, me topo con una ingente cola de personas que quiere penetrar como yo en la garganta del río Partnach, el Partnachklamm. Una impresionante angostura horadada por el paciente fluir del agua y que me recordará al recorrerla a una Ruta del Cares en miniatura, aunque no por ello menos espectacular.

Soy consciente de que podría sobrepasar este lugar por arriba. Me saldría gratis (atravesar la garganta cuesta 5€, o cuatro si posees una tarjeta de “turista residente”) y no tendría que esperar tanto tiempo. No obstante, puede que jamás vuelva por aquí, y no voy a desaprovechar la oportunidad de ver un lugar mencionado en todas las guías.

Atravesar la garganta por un pasadizo tallado a golpe de pico me hace perder casi una hora (dicen que antes de las ocho de la mañana es gratis y no hay nadie que lo cruce, pero yo camino a mediodía para no dejar a mi familia demasiado tiempo sola); sin embargo reconozco que el lugar es increíble y que ha merecido la pena cruzarlo.

Cuando al fin dejo atrás el estrecho camino por donde a mi mochila a veces le ha costado pasar, máxime con gente caminando en ambas direcciones, el paisaje se abre y llego a un cruce de caminos con un par de puentes que salvan los torrentes que se encaminan al desfiladero.

Tras comprobar bien las señales de dirección, tomo una pista forestal (al fin de tierra) directo al refugio Reintalangerhütte.

Me quedan tres horas de caminata (3 Stunden en los carteles alemanes).

Camino sin compañía por un paisaje claramente alpino. Junto a un río blanco, el Partnach, propio de un agua nacida de neveros y glaciares, a la sombra de enormes pinos y rodeado de montañas que se divisan cada vez más altas frente a mi.

Apenas hay señalética de ningún tipo, salvo en los cruces. Y en esto he de reconocer que señalizamos mejor en España ya que, aunque es cierto que no debería haber pérdida alguna, en algunos momentos las dudas me asaltan al ver algunas trochas que salen a los lados del camino principal.

Precisamente, debido a esa falta de señalización, acabo tomando un camino que no resulta ser del todo correcto y que me obligará a remontar una empinada y embarrada ladera. Aún así, es una trocha válida como otra cualquiera, y estoy tan convencido de ir en la dirección correcta que no solo no doy media vuelta sino que ayudo a un grupo de jóvenes alemanes a orientarse.

Finalmente, aunque ellos me sacan algo de ventaja al principio, en la pendiente, enseguida les alcanzo y les dejo atrás.

Sin quererlo, he ganado altura y, tras dejar atrás el final de la pista (acabada en un pequeño aparcamiento para acercar los suministros a los refugios), llevo mis pasos por un cuidado sendero hasta alcanzar una pasarela de madera desde la que veo parte del angosto y placentero valle que recorro.

La vista mientras desciendo nuevamente hasta el río es espectacular. Tanto que, mientras penetro en un bosque de hoja caduca situado al fondo de la vega, más verde aún si cabe que el pinar de más arriba, casi me hace despreocuparme de los densos nubarrones que se me echan encima. Tras lo visto en días anteriores, la cosa puede ponerse fea, pero no me importa… al menos me llevaría esta hermosa experiencia y una noche a resguardo en un refugio alemán.

Tras volver a cruzar el río, me doy de bruces con el primer refugio: el Bockhütte. Aunque más que un refugio, parece un hotel restaurante, similar al que se encuentra en las praderas de Áliva en los Picos de Europa.

Parece ser que es típico venir a pasar el día con la familia o amigos a refugios accesibles como este. Y no me cabe duda al ver a varios grupos tomando jarras de cerveza en la terraza que circunda la bella construcción.

Aunque me he refrescado con agua del río, esas birras me llaman con cantos de sirena; pero decido seguir adelante. Estoy más o menos a mitad de camino y ya me tomaré algo cuando llegue a mi destino.

Desde este punto camino solo junto al río. En una zona montañosa desconocida para mi, y en un país que no es el mío…

Y a pesar de todo lo que esto puede implicar, lo disfruto como la pequeña aventura que es.

Hasta aquí me he encontrado gente. En bicicleta o a pie, ataviados muchos incluso con el tradicional lederhosen bávaro; lo cual no ha dejado de llamarme la atención. Pero parece que el resto del camino circula hacia demasiado lejos ya para la mayoría y no veré ni un alma más hasta el final de mi jornada.

El cielo se vuelve por momentos amenazador, y por otros parece relajarse.

Trato de no pensar mucho en esto mientras camino a un buen ritmo, aunque procurando no cansar mucho a mis castigadas rodillas en previsión de la dura jornada que, con suerte, me espera mañana.

Me doy cuenta que los nervios de días pasados han desaparecido por completo. La apuesta que he hecho parece estar saliendo bien, y solo necesitaba ponerme en marcha para hacerlos desaparecer. Saber si el camino sería posible in-situ, y tener la certeza de que si debía renunciar al menos lo habría intentado.

Mientras descubro algunas de las pocas marcas que me indican estar en la senda correcta, no puedo evitar pensar en mi mujer y en mis hijos, como desearía que estuvieran aquí compartiendo esto conmigo. Afortunadamente, y gracias a esa “humanización” de la montaña que tanto suelo rechazar, si todo va bien, mañana les veré en la cumbre y seré del todo feliz.

Aunque también, tras pasar algún canchal y atravesar de nuevo un bosque, mientras contemplo la enorme cascada que parece marcar el final del valle, me viene a la cabeza la presencia de mi habitual compañero Gonzalo, y de cuanto querría que estuviera él aquí también, disfrutando de nuevo juntos de los Alpes… como habíamos llegado a especular hacía tiempo.

Sin embargo, las cosas son así y tan solo puedo dedicarle a él y a su chica (que anda algo malita) mi recuerdo y las fotos que me llevo de este primer día, y que guardaré en mi colección personal.

Hay amistades para las que la distancia y el tiempo no suponen nada… y estará conmigo mañana en la cima también.

Las paredes de las montañas que cierran el valle parecen abalanzarse sobre mi según me acerco al final del sendero. Me parecen tremendamente empinadas, y solo espero que el camino de mañana no circule por lugares así… porque deambularé un trecho de noche, para ganar tiempo.

Vuelvo a dejar el río abajo y me percato que, en realidad, hace tiempo que no lo escucho rugir. Es ahora, tan solo, el rumor de la cascada próxima el que me hace recordarlo.

Echo un vistazo atrás y me maravillo con este lugar tan parecido a los Pirineos y, al mismo tiempo… tan distinto.

No me cabe duda que mi primera opción, la de subir por la vía Höllental y su glaciar, habría sido más alpina y exigente; pero no ahora mismo no la cambiaría por este bello valle que estoy terminando de recorrer.

Tras un par de curvas que dejan el salto de agua a mi izquierda, paso por una barrera y, de repente, unas sombrillas y unas mesas situadas a la vera del río me sorprenden. ¿Pero qué…?

Miro a mi derecha y veo el refugio.

Lo dicho: familias, amigos… gente que no necesariamente van a ascender a ninguna cumbre, pero que pasan el día de fiesta en la montaña. Es una parte de esta cultura que me encanta, aunque reconozco que cuando a las diez de la noche aún estén haciendo ruido, me va a molestar un poco. ¡Que tengo que madrugar!

Me apaño en inglés para encontrar mi cama y dejar todo pagado. Me pido una buena jarra de cerveza y disfruto de mi cena al tiempo que me sorprende encontrar a una chica de Palencia y a una de Burgos que se han buscado la vida para trabajar aquí.

A pesar de que solo las veo fregar platos y jarras… las envidio. Es un lugar mágico.

Antes de irme a dormir, localizo el camino de partida para mañana. Al salir de noche, no lo tendré tan claro si no lo veo ahora.

Junto a una caseta aledaña al refugio, paralela al río, sale una vereda rumbo a las cumbres.

Si no hay problemas, en unas seis horas debería estar arriba.

Solo espero que las nubes terminen de abrir y pueda celebrar el fin de esta aventura con otra cerveza tocando el cielo alemán…

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Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella,
el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada,
se arriesga a olvidar cual es la estrella que lo guía.

Antoine de Saint-Exupéry

Día 2:

Dice un proverbio budista que “quien camina siempre al sol nunca llega a su destino“. Así que, me levanto sobre las cuatro de la mañana, cuando aún no ha amanecido, y constató que el cielo está despejado al verlo totalmente estrellado. Las previsiones parecen cumplirse así que, tras terminar con mis provisiones en un rápido desayuno – y confiando en que la meteorología me respete durante el tiempo estimado -, abandono el refugio y me encamino para coronar a pie el techo de Alemania.

No hay luna, así que necesito usar mi frontal para no perder la senda. Y, de hecho, aún con él, cruzar un par de torrenteras de noche (afortunadamente con poca agua) se me antoja complicado dado que no veo bien cual es la dirección a seguir entre tanta roca y arbusto.

A pesar de todo, voy progresando. Si mis cálculos son correctos, sobre las cinco de la mañana empezará a clarear y entonces podré caminar más cómodamente durante la subida… y al cobijo del calor del sol cuando este aparezca.

El camino es cómodo, no tan empinado como me había temido y, efectivamente, cuando empieza a aclararse el cielo apago mi frontal para que mis ojos se acostumbren mejor al ambiente. Así camino más seguro y poco a poco voy ganando altura.

Doy gracias por haber descargado un poco mi mochila. Casi no llevo ya comida, solo algo de fruta y agua, y únicamente el equipo técnico se nota pesar en la espalda… aunque poco comparado con el tramo de ayer. He descansado bien.

Puede que haya gente que esté empezando a desperezarse cuando yo me encuentro a media ladera. Veo algunas luces abajo, sin embargo llevo la suficiente ventaja como para caminar a solas casi hasta arriba. Como a mi me gusta. Disfrutando de la ascensión, de las sensaciones y los sonidos de la montaña mientras despierta; dando gracias por la suerte de poder trepar al fin por sus faldas. Por momentos me siento como la hispana Egeria, peregrinando hacia una soñada tierra de promisión cerca de los cielos; esperando ser recompensado por mi osadía y mi humildad al afrontar el camino que tengo por delante.

Por lo que intuí ayer, la meseta del Zugspitze (el llamado Zugspitzplatt) no debería estar lejos. Desde ahí hasta el último esfuerzo a cumbre no debería ser mucho, aunque me preocupa la presencia de nieve o la delicada arista cimera. Si bien la propia montaña se encarga de recordarme que debo concentrarme en el ahora; y en mi objetivo final, que no es solo llegar a la cumbre sino ver arriba a mi familia. Las distancias así, constato una vez más que no son lo que parecen; cuando me aparezco en una pequeña vaguada donde pastan algunas ovejas y que solo sirve de paso intermedio para seguir yendo más y más arriba.

Borro de mi cabeza cualquier pensamiento que me haga pensar en lo que está por venir o en que queda poco para llegar, pues el camino no ha hecho más que empezar y es preferible plantearse las cosas paso a paso para no desanimarse. El total de desnivel que terminaré haciendo desde ayer hasta la cumbre de hoy ronda los 2.300 m.; una barbaridad. Y aún no he llegado a la cota 2.000.

La cañada se estrecha delante de mi, marcando claramente el camino a seguir. Ahora si, algo empinado; lo cual requiere de un pequeño sobresfuerzo que se lleva bien trabajando correctamente con los bastones. Mis rodillas se están portando bien…

Afortunadamente, el camino no se presta a la confusión ya que veo muchas señales rojas (o rojas y blancas como las de un GR) a mi alrededor.

Es tan solo en un punto algo más elevado donde debo prestar buena atención para tomar la dirección correcta, hacia arriba y a la izquierda, y no seguir como un “zombi” por la aparente trocha original.

Si los tiempos que vi en los carteles son certeros, me queda poco para alcanzar el siguiente refugio: el Knorrhütte. Y, ciertamente, a las dos horas exactas desde que salí llego hasta este otro albergue; mucho más parecido a lo que estoy acostumbrado en montaña.

Acabo de superar la cota 2.000; pero todavía me queda mucho por delante. Por suerte, la gente de este refugio aún parece estar desperezándose o desayunando, así que sigo teniendo mucha ventaja para caminar cómodo y a solas.

Durante toda la preparación de esta ascensión, y todavía incluso ayer, me plantee alojarme en este refugio en vez de en el de abajo; pero no me arrepiento de la decisión. Me siento fuerte y mientras lo dejo atrás para adentrarme en el Zugspitzplatt echo un vistazo a mi reloj para certificar lo bien que voy de horario. Si sigo así, llegaré a la cumbre antes de lo previsto.

Tendré que avisar a mi chica en cuanto localice algo de cobertura más arriba.

A mi derecha los picos muestran sus afiladas crestas, reteniendo unos pocos neveros en zonas de sombra. A estas alturas esperaba encontrar algo más de nieve, pero veo que al final los crampones no me van a hacer falta.

Por aquí, todo el paraje me recuerda vagamente a los Picos de Europa pero, según me adentro más y más en la meseta, el paisaje se irá volviendo realmente, como citan algunas guías locales… casi lunar.

Voy siguiendo a un único montañero que ha salido del Knorrhütte antes de que yo lo sobrepasara, y que me hace las veces de “perro guía” (con todos mis respetos, porque aunque no le conozca será como un buen compañero tras tantos kilómetros en soledad) por este lugar desolado. No puedo perderme en realidad, y menos con el día que hace; pero tenerle delante y estar a punto de cogerle en varias ocasiones consigue que vaya manteniendo un ritmo muy bueno.

El cobijo de las sombras me abandona finalmente y quedo expuesto al sol; pero aún es temprano y el calor con que comienza a atizarme se compensa con el frescor reinante en estas alturas.

No obstante a cada paso que doy por esta inhóspita meseta más me voy cansando. En parte por el calor, y en parte por lo grande que es. En contra de lo imaginado, tardaré más en llegar a la estación de esquí de Sonnalpin que en ascender desde un refugio a otro.

Me lo tomo como un trámite y me limito a ir dando u paso tras otro mientras admiro el enorme circo glaciar por el que camino y de cuyos hielos apenas queda un atisbo según me acerque a su final, en el pequeño glaciar de Schneeferner.

Acierto a ver los remontes detenidos de las pistas de esquí, que funcionan a pleno rendimiento en invierno, y los cables del teleférico que sube a los turistas hasta la cumbre desde la estación. Entre las ocho y las ocho y media (no logro recordarlo mientras escribo estas palabras) veo moverse a los primeros, haciendo el trayecto de ida y vuelta. En hora punta, irán y vendrán por los cables cada diez minutos.

Mientras atravieso sin problemas el único nevero del macizo que hoy el camino me obliga a cruzar, la única nieve de los Alpes que, con la sequía que ha reinado este año en Alemania, podré tocar, veo el Schneefernerhaus en medio de la inclinada ladera que conduce a pie hasta la cumbre.

Una instalación científica de primer orden encargada de controlar aspectos como el retroceso de los glaciares del Zugspitze, el cambio climático y otras disciplinas meteorológicas.

A estas alturas, y aún sin estar del todo cansado, noto la paliza que mis piernas y mis riñones llevan a cuestas. Pensar que aún me queda poco más de una hora para remontar este último tramo desanima un poco; así que me desvío para ver la estación de Sonnalpin y relajar las piernas, ya que es por aquí por donde tendré que bajar de nuevo hasta Garmisch.

Soy de los pocos afortunados que la verán completamente vacía hoy.

La última ladera esta llena de trazas en la tierra. Cada cual intentando ascender de la manera más liviana posible, pero ninguna terminando de conseguirlo.

Cuando al final llego arriba, me encuentro con una instalación plenamente habilitada para el turismo: tiendas, bares, terrazas para disfrutar del paisaje… y una grúa torre que sigue ampliando el emplazamiento. Un lugar que no resulta nada atractivo para un montañero pero que termino por reconocer que sirve para que gente como ancianos o minusválidos, que jamás habrían podido subir de otro modo, lleguen a pisar el techo de su país.

Yo no me entretengo mucho por allí para evitar las más que seguras aglomeraciones que se van a producir en el acceso a la cumbre real en cuestión de minutos, cuando llegue el primer tren al Sonnalpin y los teleféricos descarguen sus “tropas”.

Las piernas van doloridas, y en la ferrata que se dirige arriba hay que ser rápido; así que no me lo pienso mucho y decido terminar al fin con la ascensión para poder descansar.

Una escalinata de metal y un cable protegen el acceso a la cumbre principal del Zugspitze. Dado lo aéreo del paso, parece justificado, pero también es cierto que si no las hubieran colocado solo se atreverían a pasar los alpinistas experimentados. Sin embargo, de este modo, iré viendo como, a lo largo de la mañana, accederán por ellas un sinfín de gente poco preparada hasta la cruz dorada que marca el techo de Alemania.

Cuando piso las piedras que protege la ferrata, pulidas por el paso de tanta gente al año, me pregunto de nuevo si es una buena idea hacer la cima tan accesible ya que quizás la ha vuelto más peligrosa de lo que sería hace cien años. No obstante, más allá de esta reflexión, no seré yo quien lo juzgue.

Había traido mi arnés y unos cabos de anclaje para asegurarme en la ferrata pero, una vez aquí, y visto lo visto, decido que lo más seguro es, efectivamente, ir rápido y confiar en mi experiencia. Así, agarro el último cable con la mano, fijo bien los pies para no resbalar y en unas pocas zancadas me elevo sobre toda Alemania tocando la cruz del Zugspitze con las manos.

Ahora, todos los promotorios que ayer me habían parecido tan elevados e inaccesibles, todas esas montañas tan encumbradas, se extienden ahora a mis pies como si se trataran de humildes collados.

Veo la afilada arista de los “Riffel” y, a sus pies, el glaciar de Höllentalferner, en claro retroceso pero más entero que el que agoniza en el Zugspitzplatt. La ruta que llega por la vía Höllental aparece justo en la ferrata sin pasar por las instalaciones turísticas de la cumbre. Y más abajo, rodeado por el verdor del valle, el precioso lago Eibsee.

Hacia el sur y el oeste, Austria y el resto de los Alpes, en donde acierto a ver algunas cumbres más altas y plagadas de nieve. Me pregunto cuáles podrán ser… aunque me atrevería a jurar que el Grossglockner y el Grauspitz, techos de Austria y Liechtenstein respectivamente, están en ese horizonte.  (ver listado)

Tras poco más de cinco minutos de disfrute, echo un último vistazo al valle por el que he venido y me bajo de aquí rumbo a la seguridad de la Münchner Haus.

Envío un mensaje a mi familia y me dispongo a esperar tranquilamente sentado en una mesa.

Jamás había experimentado algo así en lo alto de una montaña, pero admito que la jarra de cerveza y el bretzel me sientan de lujo (máxime sabiendo que, por primera vez, no me va a costar ningún esfuerzo el bajar; ya que lo haré por medios mecánicos).

Y aún así, no he vivido todavía el mejor momento de la jornada. Ese llegará en cuanto vea a mi hija correr hacia mi aquí arriba, seguida de mi mujer y mi hijo de un añito.

Una imagen, una cumbre, compartida con quien más quiero… en el lugar en que más feliz me siento: las montañas.

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A mi familia política, en especial a Monika y a Hans
(que siempre nos cuida allá donde esté);
que han conseguido hacer de este país un segundo hogar para mi.

Für meine angeheiratete Familie, ganz speziell für Monika und Hans
(der von dort oben immer über uns wacht);
die es geschafft haben aus diesem Land eine zweite Heimat für mich zu machen.

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Extra:

Al ir con la familia, una actividad que realicé con ellos y que es altamente recomendable para dar un paseo con niños, fue la de acercarnos a la Kuhfluchtwasserfälle (literalmente: “La Cascada de las Vacas“) en la localidad de Farchant (a unos 5 Km de Garmish-Partenkirchen). Un precioso conjunto de saltos de agua del que os dejo aquí un pequeño vídeo turístico y el track del sencillo recorrido (que no os hará falta, ya que está perfectamente indicado)…

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Localización: Farchant

Tipo de Ruta: Senderismo

Longitud: 4 kilómetros (aproximadamente)

Duración: 60 Minutos (con paradas)

Época recomendada: Todo el año (especialmente en primavera)

Dificultad:  Fácil

Equipación mínima: Bastones, mochila, botas de trekking y agua. (más info…)

Ruta GPS: Kuhfluchtwasserfälle

Recomendaciones:

  • Puede continuarse el camino, ascendiendo la montaña, hasta el nacimiento del río; donde veremos una colosal pared de la que brota el agua en forma de chorro. Sin embargo, esto nos alargaría la ruta por casi 90 min. más y, al tener que superar cierto desnivel, no es recomendable si los críos que os acompañen no están acostumbrados.
  • Si no tenéis suficiente con la caminata a la Kuhfluchtwasserfälle, podéis continuar por el Philisophenweg (la Senda de los Filósofos) en dirección a Garmisch-Partenkirchen. El agradable camino os llevará, en menos de una hora hasta el restaurante Schützenhaus, debajo de la estación del valle de Wank. Allí podréis disfrutar de muchas delicias de Baviera, y seréis además recompensados con una magnífica vista de todo el macizo de Zugspitze.
  • Después de la deliciosa comilona, el autobús local, que se detiene frente a la puerta del club de tiro, os traerá de vuelta a Farchant si os estáis alojando allí.

Kuhfluchtwasserfälle

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